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Félix Hipólito Laíño

Félix Hipólito Laíño vivió a lo largo del siglo que ha constituido la más fantástica aventura de la historia de la humanidad, y fue testigo privilegiado de páginas de horror y de gloria.
Templado su carácter en mil y una porfía, fue feroz en la batalla, pero comprensivo y piadoso en la bonanza. Decenas de discípulos de todas las edades y todas las jerarquías en la prensa argentina aprendieron a verlo, así, como el gran pensador de la realidad cotidiana.
Félix Laíño nació en 1909 en Barracas, junto a la iglesia de Santa Lucía, el barrio de “la pulpera” como solía decir. Hijo de inmigrantes gallegos debió ser mejor que sí mismo para construir una vida en la que la tinta y los de su sangre fueron instinto y pasión.
Ya a los 14 años era precoz violinista profesional, y tres años más tarde profesor de Humanidades, estudiante de Derecho y editor de un semanario que se publicaba en Lanús y que se llamó, hasta su clausura, Sábado Inglés. Ingresó al periodismo profesional en Última Hora, diario que lo vio crecer hasta su ingreso en La Razón donde se consagró en 1937, a los 27 años de edad, como Secretario General de Redacción.
Diario de grandes firmas y honrosa tradición, La Razón navegaba a la deriva tras la muerte de su creador, José A. Cortejarena. Félix Laíño innovó, imaginó recursos que el periodismo nacional desconocía, diagramó personalmente durante años cada página, creó y cultivó un nuevo modo de hacer un diario. Cincuenta y dos años después de su ingreso como cronista, dejó su sitial de Director de La Razón, con una frase lacónica pero certera: “La Razón no podrá seguir. Me la llevé bajo el brazo”.
Durante su paso de más de medio siglo por La Razón, inventó un estilo y creó un hábito. Cientos de miles de porteños confesaban no poder dormir sin leer antes La Razón. Los domingos por la noche (aún no existía la televisión del deporte), eran legendarias las colas frente a los kioscos de diarios, esperando la llegada de la sexta edición. La Razón fue, bajo su conducción, el diario de mayor circulación en el mundo de habla castellana. Su obra fue materia de estudio en universidades europeas y de admiración en muchas redacciones de América. Sus títulos y su diseño, que jamás pudieron ser imitados, un secreto que ni siquiera muchos profesionales lograron descifrar.
El único secreto de Félix Laíño, en verdad, fue el trabajo. Años y leguas en que vocación, profesión y pasión se confundían en el ritmo metronómico que imponía a cada edición.
Creador de un lenguaje directo, sostenedor a ultranza de la concisión, siempre enseño a sus alumnos y sus redactores (que sus alumnos fueron sus redactores y sus redactores sus alumnos) que en cada línea debía figurar un dato y cada párrafo encerrar un concepto.
Félix Laíño fue grande en La Razón: solía decir, en un alarde de convicción y no de soberbia, que había invertido la pertenencia con la que algunos periodistas se distinguen. No era Laíño de La Razón, sino La Razón de Laíño.
Alejado de su puesto de lucha, fue todavía más grande que en la trinchera cotidiana de la primicia y las grandes campañas.
Pudo dedicarse a escribir una obra historiográfica, De Yrigoyen a Alfonsín, que constituye un auténtico fresco de la historia argentina de esos años, contada por un espectador de primera fila que prefirió no involucrarse como protagonista directo.
Félix Laíño conoció a todos los presidentes, pero no quiso ser amigo de ninguno. Guardaba celosamente para sí el lugar del periodista, esa suerte de tierra de nadie en que debe debatirse para cumplir su auténtica misión; constituirse en vínculo de unión entre gobernantes y gobernados, ilustrando a los más con la información que poseen unos pocos y retroalimentando a esos pocos con la opinión de los demás.
También escribió, Secretos del periodismo, libro insoslayable en los estudios de Comunicación por su lenguaje preciso y directo, y refugio de consulta para la hora de la verdad, el momento directo de enfrentarse a la página en blanco, o el minuto en que la edición debe cerrar.
Félix Laíño rehuyó siempre los honores. No aceptó condecoraciones ni distinciones prefiriendo mantener un marcado sentido de independencia que constituyó para él una segunda naturaleza.
No obstante, fue reconocido como la figura más importante en la historia del periodismo en la Argentina al serle discernido en 1987, por unanimidad, el Konex de Brillante, premio del que fue mas tarde Presidente del Jurado.
Hasta el momento de su muerte, en 1999, era presidente de esta Academia Nacional de Periodismo, cuya consagración como Nacional también contribuyó a forjar.
Amaba su cátedra de posgrado en el Instituto de la Comunicación Social, Periodismo y Publicidad de la Universidad Católica Argentina. Algunos de sus alumnos, se desenvuelven hoy, conscientes de haber aprobado la carrera y de que la vida profesional no los aplazó. De alguna manera, continúan el derrotero del viejo profesor que siempre prefirió definirse diciendo: “Estudié para saber, y aprendí para enseñar”.
Félix Laíño marcó una época en el periodismo nacional. Melómano apasionado, habitué por décadas del estadio de River Plate, humanista, hombre de familia y de fe, modesto hasta la exageración, rico por dentro y digno por fuera. Genio de fuego y de agallas, solía recordar a su maestro, Nicolás Repetto, y sus grandes amigos, Crisólogo Larralde y Américo Ghioldi.
Al día siguiente de su fallecimiento, acaecido el 7 de enero de 1999, La Prensa, el diario de sus últimos desvelos, supo despedirlo así:
“En la hora suprema del adiós, ante el tiempo que se irá y el que se ha ido, La Prensa no llora hoy la muerte de un anciano. Canta la apoteosis de un patriarca”.

Por Lauro Fernán Laíño

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