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José Hernández

José Hernández no necesita presentación alguna en cuanto a su carácter de referente decisivo de la cultura argentina. Basta su inmortal Martín Fierro para dar cuenta acabada de él y para preservar ante el tribunal de los años su nombre como el de uno de los más puros y más definidos hitos de espiritualidad, tradición y expresividad literaria erigidos entre nosotros. Pero esa misma consagración referida en lo fundamental, sin duda, el aspecto más importante de su personalidad que fue la condición poética, acreditada por la perennidad alcanzada por su obra, ha hecho que –quizás a modo de compensación por haberle deparado el destino un lugar central en las letras de nuestra patria– la sombra se extendiese, en cambio, sobre otras facetas de su rica trayectoria, en la que fue no sólo cabal y contraído hombre de campo, sino también soldado, seguidor tenaz de causas políticas, exiliado, legislador y sobre todo, y tal vez preferentemente, duro periodista de batalla y de doctrina, al servicio ejemplar de convicciones, banderías e ideales.
Ese matiz de su vasta acción es el que, ante todo, pretendió recordar la Academia Nacional de Periodismo al designar con su nombre uno de los sillones de la corporación. Inevitablemente se trató, además, del tributo rendido a un gran hombre y a un magnífico publicista, pero a la vez y con simultaneidad, a una época del periodismo signada por la apasionada militancia partidaria y la convergencia en ella del afán intelectual, la voluntad tribunicia y el acendrado sentimiento del deber cívico; abarca seguramente el homenaje, entre los coetáneos de Hernández, también a hombres como Lucio V. Mansilla, Carlos Guido y Spano, Nicolás Avellaneda, Olegario Víctor Andrade y muchos otros, personajes tomados al azar pero seguramente en extremo representativos.
No es seguro que a los 22 años, en 1856, haya integrado la mesa de redacción de La Reforma Pacífica dirigida por Nicolás Calvo y que en el Buenos Aires de la secesión era vocero de quienes buscaban una avenencia con la Confederación, pero sí que dos años más tarde y ya emigrado a Paraná, fue su corresponsal en la entonces sede de las autoridades nacionales, en lo que constituyó su verdadera iniciación periodística. En esa misma ciudad dirigió a partir de 1860 El Nacional Argentino, hoja creada para sustentar la gestión del presidente Urquiza y que Derqui, su sucesor en el mando, intentó hacer variar en sus enfoques para terminar a poco clausurándola: Hernández sólo pudo ejercer la dirección por unos veinte días.
Tres años más tarde y siempre en Paraná, donde se había avencidado, fue redactor de El Argentino, medio probablemente financiado por Urquiza pero en el que Hernández comienza a exponer, justamente, sus diferencias con el caudillo, antecedente eventual pero no imposible de su ulterior adhesión a López Jordán. Viaja después a Corrientes y en 1867 se convierte en director de El Eco de Corrientes, que apoya la candidatura de Urquiza para los comicios presidenciales del año siguiente y anticipa en sus columnas los problemas que seguirían a la finalización de la guerra del Paraguay. Un año más tarde, ocupada y empastelada su imprenta tras una asonada, debe abandonar precipitadamente esa provincia.
En Rosario integra fugazmente la novel redacción de La Capital y fines de 1868 regresa a Buenos Aires después de diez años de extrañamiento; unos meses más tarde funda aquí El Río de la Plata, en el que la tarea de director halla el respaldo de plumas ilustres como las de Guido y Spano, Vicente G. Quesada, Mariano Pelliza y Cosme Mariño y aun la colaboración circunstancial de un adolescente llamado igualmente a codearse con notabilidades: Estanislao S. Zevallos. Fue la de ese diario la mayor creación periodística de Hernández y alcanzó en su momento un gran influjo, hasta su cierre en 1870, al decidirse su mentor por volver a los campos de batalla, esta vez a favor de Ricardo López Jordán.
Exiliado en Montevideo colaboró en el periódico La Patria, en tanto en La Prensa de Belgrano aparecía –por gestión de su hermano Rafael– la versión primera, por entregas, de El gaucho Martín Fierro. Había retornado ya definitivamente a las tierras porteñas y pasa después de 1875 por La Libertad, de Manuel Bilbao, para dar más tarde esporádica vida a dos periódicos satíricos: El bicho colorado y Martín Fierro, efímera experiencia tras la cual se aparta del fragor de las redacciones y dedica su última década de vida a la labor legislativa.

Por Fernando Sánchez Zinny

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