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La Academia Nacional de Periodismo realizó sesión pública para incorporar al Sr. Ernesto Schoo como Miembro de Número el 26 de mayo de 2005.

El espectáculo de la cultura

Ni refugio, ni evasión. En los últimos tiempos, a partir de la formidable crisis – en apariencia sólo económica, pero mucho más honda y diversificada -- que sacudió a la sociedad argentina como no ocurría desde 1890, se produjo en el país y sobre todo en esta ciudad de los Buenos Aires un auge notable de las actividades culturales. Suele interpretárselo como la necesidad natural, instintiva, de alejarse de los problemas cotidianos, en busca de olvido, consuelo o cobijo.
Nada más lejos de la exigencia primordial de la cultura. Que es justamente lo opuesto: un estar alerta frente a los desafíos de la hora, encarándolos con los dones propios del quehacer cultural: imaginación, ante todo, y decisión de obrar para abrir nuevos caminos, audacia para innovar. No volver estérilmente al pasado sino para extraer de él la promesa del futuro, aunque el presente incline al desánimo.
Porque cultura no equivale a erudición, ni – como creen algunas personas distraídas – a los buenos modales, o al buen gusto. Que integran, sin duda, el espectro cultural, pero no lo determinan, porque suelen cambiar con los tiempos; la moda es el mejor ejemplo de esa condición transitoria. La vastedad del concepto de cultura – que bien podría definirse como todo aquello que la actividad humana agrega al mundo natural – nos obliga a circunscribirlo hoy y aquí a las artes y las ciencias. Estas últimas no gozan, en el imaginario colectivo de los argentinos, del mismo prestigio que aquéllas. Error que en gran parte ha contribuído a la decadencia de la que estamos procurando salir. Desprovisto por completo de mentalidad científica, no dejo de afirmar, en cuanta ocasión se me presenta, que tan sólo las sociedades que otorgan a las ciencias y a la técnica el rango cultural que les corresponde, tan sólo esas sociedades desempeñarán un papel importante en el mundo del siglo XXI, que desde tan temprano nos plantea ya problemas y desafíos de dimensiones alarmantes.
La Argentina, esta Argentina tan vapuleada en los últimos años, tiene sin embargo un producto que puede poner, ufana, en la mesa del mundo y decir, señalándolo con legítimo orgullo: “Esto es lo que somos capaces de hacer”. Es su producción artística y científica, lograda esta última generalmente en condiciones precarias y a costa de considerables sacrificios personales. No haré nombres, por ser de todos vastamente conocidos; tan sólo señalaré la paradoja de que, para poder realizarse cabalmente, esos hombres y mujeres han debido irse a territorios más propicios. Cuando vuelven famosos y renombrados, entonces los declaramos ciudadanos ilustres y las autoridades los lucen orgullosamente en las solapas, como condecoraciones obtenidas por mérito propio.
Cuando trabajaba en “La Opinión”, allá por 1975, el director, Jacobo Timerman, nos pidió a Pompeyo Camps, el crítico musical, y a mí, jefe de la sección Artes y Espectáculos, una nota sobre los músicos argentinos radicados en Europa. Descubrimos que los primeros violines de once orquestas sinfónicas alemanas – se sabe que en Alemania hasta las ciudades pequeñas se enorgullecen de su propia (y por lo general, excelente) orquesta sinfónica --, esos once primeros violines eran argentinos. Conclusión: Timerman no quiso publicar la nota, le pareció demasiado deprimente. La Argentina había formado a once violinistas de primera línea, pero era incapaz de mantenerlos.
En un libro editado hace unos años, acerca de la famosa Generación del 80, la que presidida por Roca hizo la Argentina moderna, Ezequiel Gallo y otros historiadores notables señalaban que si bien esa generación tuvo un plan educativo que dio magníficos resultados, careció de un análogo plan cultural. Sin duda, aquellos hombres sabían que el primer escalón hacia la cultura es la educación, y a ella consagraron su lucidez y su coraje; la cultura debía esperar; y su hora llegó, por cierto, ya en aquellos años de reparación y construcción de una nacionalidad. Cuando se consultan los archivos y las historias de fines del siglo XIX y comienzos del XX, asombra la cantidad de becas y subsidios que, sobre todo pintores y escultores, y algunos músicos, recibían de entes gubernamentales como, por ejemplo, los senados provinciales. Los gobiernos de las provincias mandaban a sus jóvenes artistas promisorios a estudiar y perfeccionarse en Europa, de preferencia en Italia (París sería la meca años más tarde). Había pues, en esos tiempos, una política de Estado que favorecía la cultura; por qué y cómo se fue abandonando, y cómo se operó el divorcio de política y cultura -- que es otra de las causas, si no la principal, de la progresiva decadencia que nos ha llevado a tocar fondo --, es tema que no debatiré en estas breves reflexiones. Diré tan sólo, para consolidar mi fama de politicamente incorrecto, y liberal confeso, que los gobiernos conservadores fueron los que más fomentaron la cultura (si tenemos un Gauguin y un Van Gogh en el Museo Nacional de Bellas Artes se lo debemos, mal que nos pese, al presidente Justo, cuya vasta biblioteca gozaba de legendaria fama). Y que el último presidente auténticamente culto que tuvimos fue el doctor Arturo Frondizi.
Dicho lo cual, me referiré a un mínimo hecho doméstico. Paseaba yo a mi perro, en el atardecer del martes último, por el Parque Las Heras, y venía rumiando algunos de los puntos que trataría en la disertación de hoy. Era una tarde magnífica de otoño, volvía a mi casa en un estado de ánimo acorde con el oro de los árboles sobre el cielo intensamente azul, cuando de pronto se me ocurrió que la cultura tiene, como las plantas, la virtud de renovar incesantemente sus ofrendas. Cada vez que miro un cuadro, aunque lo haya mirado cien veces, o escucho una partitura, o leo un libro, ese cuadro, esa música, ese libro, renacen, tan nuevos y frescos como cuando fueron creados. Y nosotros, espectadores, oyentes, lectores, renacemos con ellos. No sólo revivimos, a la manera proustiana, la experiencia pasada sino que nos abrimos a otra nueva, y acaso inesperada. ¿No nos ocurre esto, acaso, con nuestras lecturas de juventud, que al retomarlas años después, cuando llega la hora inevitable de releer, descubrimos que a los 20, 25 años, no habíamos entendido nada, que lo esencial se nos había escapado y que tan sólo ahora apreciamos otros sabores, otros matices, como si se tratara de otro libro? Nosotros hemos cambiado, y con nosotros, nuestros autores favoritos. No hay egoísmo en el placer solitario de la lectura, o en la contemplación de la obra de arte. Yo, lector, espectador, la estoy compartiendo con quienes la apreciaron antes, cientos o miles de años atrás; y en cada hombre que la apreció, o la aprecia hoy, esa obra resuena de una manera distinta, recupera la novedad.
Este perpetuo enriquecimiento del espíritu y de la mente es el tesoro inagotable que la cultura pone a disposición de todos. Cierta ideología pretende convencernos de que esa riqueza cultural únicamente está al alcance de algunos pocos privilegiados. Las biografías de algunos de los mayores artistas que han existido, prueban en abundancia lo contrario.
Pero la demagogia populista es tenaz y denuncia con saña a la que llama élite cultural. En la Argentina de hoy no conozco otra élite que la formada por los deportistas, las modelos, las figuras (figuritas y figurones) de la televisión, y los políticos. La gente de la cultura no merece la misma atención mediática, ni goza de las prebendas de que disfrutan esos personajes. No discuto el derecho de éstos a la popularidad que en algunos casos merecidamente usufructúan. Sin embargo, es evidente el desequilibrio en la consideración pública, que no es privativa de la Argentina, por cierto: se da en todo el mundo, pero aquí adquiere rasgos casi patológicos.
En un libro admirable, “El tiempo en ruinas”, Marc Augé, el antropólogo francés creador del feliz concepto de “no lugar” – los aeropuertos, los shoppings, los supermercados --, dice que “están en marcha procesos que difunden la uniformidad y la conversión de las cosas en espectáculo”. No sólo el deporte, la política, las artes, se convierten en espectáculo: también la guerra – convenientemente pasteurizada --, las grandes catástrofes y, ahora, las vidas privadas, la intimidad de puertas adentro, convertidas en puertas afuera, los “reality shows” prodigados por la televisión en el mundo entero. La televisión se introduce hoy en los quirófanos y hasta en las entrañas mismas del cuerpo del enfermo, del sometido a una operación, el doliente, el paciente. Somos invitados a asistir, con satisfacción morbosa, a los detalles más desagradables (que para algunos – o muchos, tal vez -- no lo serían tanto, entonces) del trámite quirúrgico mediante el cual se modifica el sexo de una persona.
Se arguye, para justificar esta intromisión, que así conocemos mejor nuestra propia naturaleza y la del prójimo. Se pasa por alto el carácter descaradamente comercial de esos “sinceramientos” y su apelación a lo peor de la compleja naturaleza humana. Agotadas ya en la ficción las imágenes de catástrofes, asesinatos y torturas, de entrañas desparramadas al voleo, de cataratas de sangre (aunque sepamos que es falsa, la impresión sobre los sentidos equivale a la natural) y de cadáveres minuciosamente examinados en una morgue; lo mismo que las reiteradas, tediosas, de relaciones sexuales del “soft” al “hardcore”, ¿nos sorprendería ver, dentro de poco, personas ejecutando sus funciones fisiológicas frente a las cámaras de la televisión pública? ¿Por qué no, cuando tanta gente parece dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de ganar los quince minutos de fama que según Andy Warhol (que algo sabía de esas cosas) le corresponderán a cada uno en el futuro inmediato?
Todo esto y mucho más conforma el espectáculo de la cultura aquí y ahora, y en casi todas partes. Los ochenta años que nos separan de la publicación original de “La rebelión de las masas”, de Ortega y Gasset, no han marchitado su vigencia. Allí dice el admirable ensayista (más que filósofo, verdadero maestro de vida): “Es muy difícil salvar a una civilización cuando le ha llegado la hora de caer bajo el poder de los demagogos”. Insensato sería, en esta era de las masas, oponerse a los programas que yo llamaría de “culturización masiva”, los acontecimientos culturales acompañados del prefijo “mega”. Pero es curioso comprobar que sus organizadores, generalmente funcionarios estatales, suelen concluir sus razonamientos con una reflexión análoga a la que formulamos nosotros: “Con que tan sólo un espectador sea tocado por la curiosidad o el interés, y se asome así a la riqueza y variedad del hecho cultural, el acontecimiento se justifica”. Con lo cual ratifican la certeza de que esa propuesta de acercamiento a los productos culturales y su disfrute, aspira a ser una operación individual, de muchas manera solitaria. El milagro ocurre cuando se logra, como a veces con la música y el teatro (la frase feliz de Charles Dullin, el gran actor francés, después de una función lograda: “El dios bajó esta noche”), repito, como en la música y el teatro, la auténtica comunión con el prójimo, ese raro momento en que la multitud es uno. No nos engañemos: pasadas la emoción y el entusiasmo iniciales, la mayoría de nosotros vuelve a su rutina, a su pequeño mundo, a su tedio cotidiano. Para vivir más plenamente, más a fondo, la existencia que al hombre como tal le corresponde, la cultura es la herramienta más apta, la que logra hacer del individuo una persona. En este sentido, más allá de la erudición y del refinamiento, la cultura es fuente de solidaridad, compasión y tolerancia. Su vinculación con lo sagrado – ese ámbito que al hombre contemporáneo le es no sólo ajeno sino hasta repugnante – resulta indiscutible. Termino con una de mis frases favoritas. Pertenece al gran crítico inglés de arte, Herbert Read. Preguntado sobre si el arte es necesario, contestó: “Tan sólo sé que es inevitable”.

ERNESTO SCHOO

 

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