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La Academia Nacional de Periodismo realizó sesión pública para incorporar al Sr. Daniel Santoro como Miembro de Número el 27 de julio de 2006. El discurso de recepción fue realizado por el Sr. Ricardo Kirschbaum.

Presentación
Sr. Ricardo Kirschbaum

Tengo la alegría, hoy, de presentar a Daniel Santoro como nuevo miembro de la Academia Nacional de Periodismo. Por eso mismo, porque de alegría y de satisfacción se trata, quiero subrayar que las múltiples investigaciones de Daniel –desde la venta ilegal de armas a países en guerra y los peligrosos acuerdos para construir misiles hasta los efectos del narcotráfico en la Argentina- marcan una huella ineludible en la madurez de una nueva generación que se acercó al mejor periodismo: aquel que no informa sobre lo que se ve sino que echa luz sobre lo opaco, lo oscuro y lo difícil de conocer de nuestra sociedad.
Es curioso: hace pocos días estaba leyendo que el pensador francés Roland Barthes, con su particular tono e ironía sutil, desparpajo y crítica dura, escribió que “la felicidad, en este universo, radica en jugar a una especie de enclaustramiento doméstico”. La idea es simple: si uno tiene momentos de tranquilidad y de placidez en su casa, ¿para qué ocuparse de lo que sucede fuera de ella? Me pregunté, entonces, si no hay un periodismo que simpatiza con esta noción al privilegiar la información liviana, la noticia sin contexto, la opinión descafeinada.
Quiero ser claro. El periodismo también es vida cotidiana. Y servicios. Y entretenimiento. Pero si se reduce sólo a estas dimensiones deja de tener sentido y legitimidad. Lo que periodistas como Santoro logran es mostrar que nuestros espacios de libertad, como ciudadanos libres que somos, deben defenderse porque si se pierde la transparencia sobre el ámbito de lo público, más temprano que tarde perderemos también el derecho a esa libertad intramuros que Barthes, sin una pizca de ingenuidad, jugó a asociar con la felicidad.
Debemos celebrar, a mi juicio, que en una época en que gobiernos de países muy diferentes coinciden en su intento de convertir a los medios en una institución amable que “comprenda la necesidad” de sus medidas políticas, haya posibilidades para el reconocimiento de periodistas como Santoro. Sus esfuerzos han sido tomados en cuenta tanto aquí como en el exterior: Daniel ha recibido el Premio Internacional de Periodismo Rey de España en 1995 y, en el 2004, la Escuela de Graduados de Periodismo de la Universidad de Columbia, de los Estados Unidos, le otorgó el Premio María Moors Cabot a la excelencia periodística por su “compromiso en la lucha contra la corrupción, el abuso del poder y por la búsqueda de los más altos estándares éticos y profesionales para el periodismo en América latina”. Personalmente, hace dieciséis años que comparto la redacción de Clarín con Santoro y considero que la mención está más que justificada.
Me interesa destacar, a su vez, que Daniel tiene conciencia de que la suerte del periodismo no depende de que haya un gran periodista de tanto en tanto sino de que se formen camadas de periodistas con fuertes conocimientos técnicos y un marco ético que delinee su trabajo. No por azar, entonces, Santoro ha sido y es profesor de varias universidades argentinas y ha dictado talleres de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano que lidera Gabriel García Márquez.
Cuando los Académicos de Periodismo elegimos a un nuevo miembro sabemos que, además de enriquecer nuestros debates con su mirada, estamos enviando un mensaje a la comunidad. En ese sentido, quisiera recordad junto a ustedes un cuento maravilloso de Julio Cortázar: “La salud de los enfermos”. Es una trama en la que todos conocen todo pero todos ocultan porque temen que la verdad afecte la salud de una mujer mayor, ya enferma. Ella, poco antes de morir, agradece el amor que le dieron, traducido en esa puesta en escena para que no se enterara de algo doloroso, pero que ya conocía. Lo paradójico que tanta mentira provoca un estado de descalabro tal que nadie se acuerda qué es verdad y qué ha sido inventado.
Esta confusión casi perpetua puede simbolizar la tarea del periodismo de investigación en naciones que durante mucho tiempo intentaron esquivarle al espejo. Prefirieron, en cambio, y a partir de construcciones intelectuales poco serias, verse diferentes y convertir ese “vivir como” en una realidad que tapaba la verdadera. Por eso, al momento de quitar las máscaras, los desencantos y los ruidos son muchos, aunque necesarios para empezar a producir cimientos más certeros.
Aquí es donde quiero acentuar la importancia de que Daniel empiece a estar entre nosotros en un país en el que su libro nacional, el “Martín Fierro”, deja en descubierto –más allá del desacato personal del protagonista- que las prebendas y la falta de igualdad inundan nuestra vida cotidiana. En sus páginas nadie se sorprende por esto, sino que se convive con la sensación de que así son y así serán las cosas. Afortunadamente, creo que con personas como Santoro estamos más cerca de convertir ese presagio en historia.
Muchas Gracias.

 

El periodismo de investigación en la Argentina

Gracias académicos por haberme aceptado como nuevo miembro de la Academia Nacional de Periodismo. Gracias Ricardo Kirschbaum por tu generosa presentación. Gracias a mi mujer Larisa, a mis hijos y a mis padres por todo su apoyo de siempre.
"Decir la verdad además de una decisión es un arte". La frase le pertenece a Raúl Scalabrini Ortiz. No sé si en la Academia el sillón de Raúl Scalabrini Ortiz se me asignó por causalidad o porque él fue uno de los pioneros del periodismo de investigación en la Argentina, la especialidad del periodismo que me apasiona. De todos modos para mi es un doble honor pasar a integrar esta Academia y ocupar el sillón de Scalabrini.
¿De qué otra forma más que investigación calificar a libros de Scalabrini como "Política Británica en el Río de La Plata" o "La Historia de los Ferrocarriles Argentinos" publicados en 1936 y 1940, respectivamente? Como periodista, pasó por las redacciones de "La Nación", "Qué", "El Mundo" y "Noticias Gráficas", entre otras publicaciones. Con su trabajo en libros o diarios Scalabrini fue uno de los primeros periodistas en intentar terminar con esa enfermedad profesional del periodismo argentino: la declaracionitis, es decir reproducir el discurso del presidente de turno, del empresario poderoso o del titular de la AFA con escaso contexto, menos interpretación y poca o ninguna verificación. Sin embargo, pese al esfuerzo pionero de Scalabrini Ortiz y otros periodistas de su época a 70 años de "Política Británica en el Río de La Plata" no existe todavía una fuerte corriente de periodismo de investigación en la Argentina, más allá de los esfuerzos individuales de algunos colegas.
¿Qué entendemos por periodismo de investigación en los albores del siglo XXI en la Argentina? Las notas de investigación deben reunir tres importantes características como dice la catedrática española Petra Secanella: que la investigación haya sido hecha por el periodista y no realizada por un fiscal, la policía u otra fuente; que exista un poder que quiera ocultar la historia; y que se trate de un tema que importe a la opinión pública. ¿Dónde nació el periodismo de investigación? Recordemos que fue durante la gestión del ex presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt que los periodistas de investigación surgieron como tales y comenzaron a denunciar la corrupción en el gobierno, los monopolios y las duras condiciones de vida de los trabajadores norteamericanos, entre otros temas. En un vano intento de desprestigiar a estos investigadores pioneros, Roosevelt dijo en un discurso de 1906 que se trataba de "muckrakers" (rastrilladores de estiércol) que se dedicaban a buscar basura política y no a informar sobre los "logros" de su administración. 
En la Argentina el camino abierto por Scalabrini Ortiz lo retomó Rodolfo Walsh con su libro “Operación Masacre” que denunció los fusilamientos ilegales de peronistas de 1956 perpetrados por el gobierno de la Revolución Libertadora. El maestro Rogelio García Lupo, otro de los referentes argentinos de este tipo de periodismo, ubica en esa lista de pioneros a Gregorio Selser con sus investigaciones sobre el general Sandino de Nicaragua publicadas en los libros "Sandino, general de Hombres Libres" y "Pequeño Ejército loco", entre otros.
En 1991, se construyó otro hito del periodismo de investigación cuando Horacio Verbiksty en el diario "Página 12 " denunció el Swiftgate. Cuatro años más tarde, hice mi aporte a ese camino abierto por Scalabrini Ortiz con mi investigación sobre la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia que contó con todo el apoyo de Roberto Guarsechi, Ricardo Kirschabum y los dueños de Clarín.
En el diario "La Nación" en el 2000, Joaquín Morales Solá y Fernanda Villosio escribieron otro capítulo importante con la denuncia del pago de sobornos en el Senado con plata de la SIDE para aprobar una polémica reforma laboral.
Sin embargo, la Argentina aún no tiene -repito- una fuerte corriente de periodismo de investigación. Para ello creo que es necesario crear equipos de investigación al margen de la cobertura del día a día para obtener uno de los principales insumos de esta especialidad: el tiempo. Pero muchos medios se resisten a tener equipos de investigación permanentes por cuestiones de costos o temor a meterse en conflictos políticos, económicos y/o judiciales. Los diarios "La Nación" y "Clarín" pusieron en marcha equipos de investigación en 1998 y en el 2000, respectivamente, pero el primero fue desactivado en el 2002. "Perfil" creó su propio equipo al reaparecer, este año, como diario dominical.
En muchas experiencias la presión ejercida por la cobertura de la actualidad y la reducción del número de miembros de las redacciones, producto de la crisis económica del 2001, llevaron al fracaso de estas experiencias en las redacciones.
Paradójicamente, mientras el periodismo de investigación se manifiesta en forma cíclica en la prensa diaria, los periodistas argentinos hemos demostrado ser más constante en los libros. En los ochenta el libro "Malvinas, la trama secreta" de los periodistas Oscar Raúl Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der Kooy abonó una brecha que todos los años produce excelentes investigaciones para libros.
De la mano del éxito de esos libros, en la industria editorial surgió una estrategia marketinera de llamar periodismo de investigación a cualquier cosa. Por un lado, están aquellos periodistas que escriben historias que siguen los parámetros de lo que, con ironía, llamamos teoría conspirativa de la historia. Este tipo de periodistas afirman que hay tramas políticas o corrupción donde no las hay o se sobregiran en sus conclusiones para acercarse a lo que cree la opinión pública tal como demuestra Miguel Wiñasky en su libro "La Noticia Deseada". No sólo hay demagogia política, también hay demagogia periodística en aquellos colegas que se montan sobre el humor de la opinión pública y no tiene el coraje de decir la verdad como pasó con la muerte accidental de Carlitos Menem Junior en 1995. Es más fácil y cómodo alimentar la fantasía de un complot internacional porque la opinión pública cree que los hijos de los poderosos no pueden morir en un accidente como el común de los mortales. También están los periodistas denunciólogos, aquellos que todos los días tienen una historia negra para contar que, en realidad, son conjeturas sobre los sospechosos de siempre sin datos verificables. Su táctica marketinera es amplificar el tema una semana y luego sepultarlo para buscar otro tema sensacional, haciendo mucho ruido y nunca descubriendo resultados concretos. U otros impacientes periodistas que sólo cazan el "ruido" (los rumores o las versiones de pasillo de la corrupción) y lo publican inmediatamente, sin esforzarse por intentar conseguir el más mínimo indicio o prueba documental de lo que sostienen, al igual que aquellos que todo su esfuerzo de verificación fue usar una cámara o micrófoco oculto y "vender" la nota como una investigación.
En un artículo titulado "Defensa de la Utopía", Tomás Eloy Martínez denuncia así ese tipo de periodismo: "el lector no se sacia con el escándalo sino con la investigación honesta, no se aplaca con golpes de efecto sino con la narración de cada hecho dentro de su contexto y de sus antecedentes. Al lector no se lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se desvanecen al día siguiente, sino que se lo respeta con la información precisa. Cada vez que un periodista arroja leña en el fuego fatuo del escándalo está apagando con cenizas el fuego genuino de la información. El periodismo no es un circo para exhibirse, sino un instrumento para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta".
El periodismo fue un instrumento para ayudar a los argentinos en ese combate fundamentalmente durante el gobierno de Menem. En los noventa se había desatado una sana competencia entre los medios para tener más y mejores investigaciones periodísticas. Y la sociedad civil empujaba a los periodistas a ocupar el rol de contralor del poder frente a la inacción, pasividad o complicidad de algunos jueces y fiscales.
Pero durante el gobierno del ex presidente Fernando de La Rúa, luego el interinato de Eduardo Duhalde y ahora el del presidente Néstor Kirchner, el periodismo argentino bajó la guardia en su rol de controlador del poder o perro guardián de la democracia, además de sus funciones clásicas de informar, formar y entretener.
Con la llegada de Kirchner al poder, un dirigente de una nueva generación de políticos, muchos supusimos erróneamente que se iban a terminar las presiones a la prensa. Me refiero a algunas conductas del menemismo que llegó a iniciar más de 100 juicios por calumnias e injurias a periodistas y sobornaba a otros a través de un sistema bautizado irónicamente como "la cadena de la felicidad" de la SIDE que se financiaba con fondos secretos. 
Con Kirchner, es cierto, se renovó la Corte Suprema de Justicia y hasta ahora no hubo ningún juicio contra un periodista. Sin embargo, en tres años de gobierno jamás dio una conferencia de prensa, se instauró un sistema de telefonazos a periodistas para quejarse por sus notas y el vocero presidencial no da información. Pero en la Argentina, el gobierno de Kirchner también presiona sobre los dueños de los medios: en el 2005 extendió por decreto, no por ley, las licencias de radiodifusión por diez años más, tres meses antes de las elecciones parlamentarias y, además, maneja discrecionalmente la publicidad del estado en los medios de comunicación.
Esperábamos que esta nueva generación de políticos comprendiera que es normal que haya "tensión" entre los gobiernos y la prensa y que el nuevo rol de la prensa es sumar a la agenda de debate público los temas que le interesan a los ciudadanos y no amplificar los temas que le interesan al gobierno de turno o a los factores de poderes.
A mediados de este mes, la senadora Cristina Kirchner afirmó en un discurso que los medios de comunicación "censuraban" a su gobierno porque reproducían mal sus discursos y pidió a los periodistas "más investigación". Es cierto, tenemos que investigar más y para ello necesitamos acceder a los documentos públicos en que se registran las actividades del gobierno y así tratar de producir nuestras notas con menos declaraciones on the record u off the record y con más documentación. Paradojicamente, fueron los cambios que la senadora Kirchner introdujo al proyecto de Acceso a la Información Pública, que en el 2004 había llegado al Senado aprobado en forma casi unánime por Diputados y con el consenso de organizaciones de la sociedad civil, los que abortaron la posibilidad de que hoy tuviéramos esa importante ley ya sancionada. Con el decreto del presidente Kirchner 1172/03 de acceso a la información pública no alcanza. Hace falta una ley. 
Los problemas que impiden que exista mayor investigación periodística en la Argentina son responsabilidad de la clase política pero también de nosotros, los periodistas. Para algunos editores convencionales sólo es publicable una investigación que esté relacionada con algunos de los temas que figuraron en esos días en la agenda de debate público que los gobiernos, año tras año, aprenden a manipular mejor. Los editores innovadores son aquellos que asumen el riesgo de facilitar la capacitación de sus periodistas, de dar tiempo para que se investigue más, que incrementan los estándares profesionales de trabajo de sus redacciones y que se preocupan por mejorar sus archivos.
De la mano de la tecnología, muchos colegas creen que el archivo de papel no sirve más y lo convirtieron en un enorme depósito para guardar recortes periodísticos. Sin embargo, revistas como la alemana "Der Spigel" cuentan en sus archivos con documentalistas, profesores de historia y geografía que ayudan al periodista a investigar y almacenan documentos, no sólo recortes periodísticos.
Además, en países de Europea y en EE.UU. la tendencia es crear departamentos de verificación de datos. No lo hacen por un prurito académico sino para frenar la caída de la credibilidad de la prensa en los países desarrollados y tratar de retener lectores. Parten de algo sencillo: todo dato clave debe tener una fuente y hay que verificarlo. ¿Colegas cuántos artículos leemos a diario en la Argentina que ni siquiera citan fuentes? Y ni hablemos del rigor en los medios audiovisuales...
La cultura periodística nace en las grandes redacciones y se esparce por todos los medios. Y la cultura periodística argentina registra un abuso de la cita de fuentes anónimas, como dije antes. Los nuevos estándares profesionales que creó el diario The Washington Post, el año pasado, aconsejan disminuir el uso de la información atribuída a fuentes anónimas y sólo conceder ese recurso cuando peligra la vida o el trabajo del informante.
El mes pasado estuve Fort Worth, EE.UU., en el congreso del Investigative Reports and Editores y verifiqué como crece la preocupación por el rigor periodístico y el apoyo de las investigaciones en el uso de programas informáticos como excel para verificar no sólo las promesas y anuncios de obras públicas de un gobierno sino las estadísticas oficiales.
Pero lo fundamental no es la tecnología sino la calidad profesional del periodista y su decisión de afrontar riesgos profesionales, jurídicos y hasta físicos para investigar a los poderosos de la Argentina y contribuir a la rendición de cuenta de quienes nos gobiernan. Modestamente creo que el periodismo de investigación puede ser uno de los motores para mejorar los estándares profesionales del periodismo argentino.
Me comprometo ante a ustedes a tratar de contribuir al camino de la investigación periodística en la Argentina y a esforzarme como periodista y docente para tratar de que el sillón de Scalabrini Ortiz en la Academia Nacional de Periodismo no me quede tan grande. Muchas gracias.

DANIEL SANTORO

 

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