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La Academia Nacional de Periodismo realizó sesión pública para incorporar al Sr. Ricardo Kirschbaum como Miembro de Número el 23 de agosto de 2005. El discurso de recepción fue realizado por el Sr. Roberto Pablo Guareschi.

Presentación
Roberto Pablo Guareschi

Primero quiero agradecer a Ricardo que me haya pedido que lo presentara en su ingreso a la Academia Nacional de Periodismo. Hemos hecho juntos una larga carrera en este querido oficio y yo tomo esta formalidad como un hito más de una amistad compartida en el trabajo y en la vida.
Yo he tenido algo que ver con su ingreso al periodismo aunque no fui, seguro, el factor determinante. En los comienzos de los ’70 Ricardo estaba por recibirse de médico y ya hacía periodismo colaborando en la corresponsalía de La Razón en Tucumán.
Nos acercó el periodismo y la política y, sobre todo, la alegría de vivir.
Los dos aportamos a nuestra amistad una cantera de amigos comunes, todos periodistas, sobre todo el querido Gordo Chimirri que hoy estaría sentado aquí burlándose de nosotros dos.
Nos unía –y nos sigue uniendo- una concepción ética del periodismo.
Nos unía con igual importancia la convicción de que el periodismo es una de las más hermosas formas de participación social. Y también el puro deseo de conocimiento y aventura.
Contra toda la fuerza del mandato familiar, Ricardo dejó Medicina cuando le faltaban dos materias y aceptó la corresponsalía de El Cronista Comercial.
El terrorismo de la ultraderecha le sacó de Tucumán de un bombazo pero él utilizó el envión para vengarse: aterrizó en Buenos Aires donde haría una brillante carrera.
De El Cronista pasó a Clarín. Con el regreso de la democracia Ricardo llegó a secretario de redacción junto con Cardozo y Van der Kooy escribió el primer bestseller periodístico después de la dictadura militar. El libro Malvinas la trama secreta –a mi juicio el mejor trabajo sobre aquella guerra, ya tiene 20 ediciones. Pero sobre todo significó un regreso actualizado al mejor periodismo y marcó una tendencia que aún sobrevive. Al año siguiente, 1984, Ricardo y sus coautores recibían al premio Ortega y Gasset otorgado por el diario El País de Madrid al mejor trabajo de investigación periodística. Y poco después Ricardo recibía el diploma de honor de la fundación Konex.
No pretendo hacer el CV de Ricardo. Sólo hablar de él como periodista.
No por recientes son menos valiosos los méritos logrados como editor general de Clarín, cargo al que llegó en uno de los peores momentos del país, en pleno default y desde el cual viene logrando una asombrosa recuperación de la circulación. Esto es especialmente valioso porque confirma y construye el compromiso de la gente con la lectura de los diarios y con el debate de ideas.
Otro de los méritos de la conducción de Ricardo al que me quiero referir es la revista Ñ. se trata de una publicación que creó un espacio nuevo de gran calidad y participación en la cultura argentina –una herramienta que devuelve autoestima a los argentinos y viene a consolidar el reconocimiento que la producción cultural argentina siempre tuvo. El éxito de Ñ es algo de lo cual Ricardo podrá estar siempre orgulloso: será una de las marcas de su gestión en el diario.
Por todo esto estoy muy contento de presentar a Ricardo Kirschbaum.

 

El periodismo entre la academia y el oficio

El título de esta exposición alude a este antagonismo, a menudo presentado como absoluto e irreconciliable, entre la academia y el oficio requiere de explicaciones previas. Dejemos que Gabriel García Márquez, que hizo del oficio periodístico una defensa apasionada, emocionada y desmesurada, como lo es toda su literatura, nos introduzca un tanto brutalmente en el tema:
“Hace 50 años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida en común y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo (…). No existían las juntas de redacción institucionales pero a las 5 de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar café en cualquier lugar de la redacción: era una tertulia abierta donde se discutía en caliente los temas de cada sección y se daban los toques finales a la edición de mañana”.
García Márquez remata de manera terminante: “Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatoria y apasionadas de 24 horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de lo mismo, era porque querían o creían ser periodistas pero en realidad no lo eran”.(1)
Qué periodista de buena madera no se siente reflejado en esas imágenes y en esa bohemia dónde el talento, muchas veces, brotaba con naturalidad en esas noches interminables, de las que sentíamos que eran necesarias para ser un profesional.
Esa realidad romántica y bohemia que tan bien describía García Márquez, con tantas similitudes con la antigua formación del periodismo argentino, es ya parte entrañable pero definitiva del pasado.
Hace algunos años, invitamos a Buenos Aires al conocido lingüista y semiólogo holandés Teun Van Dijk (2) a dictar un curso de capacitación para editores. Van Dijk, quién ha investigado en profundidad el discurso en la prensa sobre las minorías y los síntomas de discriminación que encuentra en los periódicos, la emprendió contra unos titulares publicados en Clarín que utilizaban la palabra “gay” en vez “homosexual”, la que él consideraba más justa y menos discriminatoria. Este descubrimiento le sirvió al lingüista para sacar conclusiones –apresuradas y aventuradas, a mi juicio- sobre los supuestos prejuicios que anidaban entre los responsables periodísticos que habían producido tales titulares.
Un editor, sacudiéndose la modorra de la siesta (en ese tiempo hacíamos una jornada extendida desde la mañana para ganar tiempo), pidió primero tímidamente la palabra, aclaró su voz y le espetó a nuestro intelectual invitado:
“Usted habrá advertido, señor van Dijk, que la palabra gay tiene sólo tres letras y homosexual, diez. Como imaginará, además de parecerme una excesiva sensibilidad la suya respecto de la utilización del término gay para designar una preferencia sexual, es mucho más fácil hacer un título con una palabra corta que una excesivamente larga, cuando las dos tienen el mismo significado, al menos aquí”.
Aquella respuesta, que como otros clásicos se incorporó rápidamente a la “sabiduría popular” de la redacción, y que se transmite de boca en boca cuando vale el ejemplo, suena igual cuando frente a una crítica de un teórico de la información, se responde en tono de camorra: “Hace dos de 14, al cierre, y luego hablamos”. Traducida esta pendencia quiere decir: escribí un título de dos líneas de catorce espacios sobre un tema complicado. Y si lo haces, voy a empezar a respetar tu crítica.
No importa cómo siguió la discusión semántica entre el sorprendido lingüista y este editor irritado. Simplemente quiero traer esta anécdota como una expresión, entre tantas, del abismo que muchas veces separa la estricta visión académica de la excesivamente pragmática y brutal respuesta desde el oficio.
Sería una arbitrariedad, como dije, reducir esta (aparente) dicotomía en la discusión entre el lingüista renombrado y un editor molesto por una observación que juzgó inopinada. Pero esta cuestión está extendida.
Los grandes diarios no se hacen más como se hacían hace 20 años y, apuesto, dentro de muy poco tampoco se harán como los hacemos hoy. Los adelantos tecnológicos han revolucionado nuestra profesión pero no sólo la tecnología es responsable de los cambios que se han producido y que han modificado radicalmente la profesión.
Cada vez más, el periodismo precisa de una apoyatura académica y teórica que le permita comprender lo que está ocurriendo, interpretarlo y publicarlo, todo esto en un lapso de tiempo que es rígido y que precisa cumplirse a conciencia.
Ese conocimiento necesario permite incorporar otras herramientas teóricas, otros saberes específicos, para aumentar la calidad del periodismo y la credibilidad de los diarios, valores que han comenzado a estar en discusión, frente a lectores cada vez más exigentes y vigilantes.
Ryzard Kapuscinski, un historiador y poeta polaco que terminó convirtiéndose en uno de los mejores reporteros del mundo, refiriéndose al periodismo dice que en “esta profesión los estudios nunca se acaban. En medicina, en ingeniería o en administración se puede decir que, en algún punto, las carreras terminan; en periodismo esto no es así porque este oficio se ocupa de nuevos datos, nuevos hechos y nuevos problemas. Mientras el mundo progresa y se mueve, nosotros estamos en esos cambios porque la sociedad espera que lleguemos a ella para que contemos qué está pasando, para que interpretemos qué quiere decir la novedad. Esto nos impone la obligación de estudiar, permanentemente y de todo. El periodista es un cazador furtivo en todas las ramas de las ciencias humanas”(3).
Tengo una discrepancia parcial con Kapuscinsky. En ninguna disciplina –y menos en las que él cita en su texto- se puede dar por terminada la formación y el estudio académico. Coincido, en cambio en que el periodista siempre tiene que estar preparado para participar del cambio, para interpretarlo y, lo que es más importante, para reflejarlo en su verdadera envergadura y en sus consecuencias para la sociedad. No puede, solo, ampararse en el oficio y en el “olfato”, esa percepción intransferible e inexplicable que se adquiere en las salas de redacción, y que nos permite detectar la noticia, el rumor, la versión, intuir su origen, su intención.
Simultáneamente, en el conocimiento y en el oficio, la dimensión de la ética personal pone su marca. Así como hay una visión romántica del periodista y su formación, hay otra escéptica y cínica:
“Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es un hombre de confianza que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se ganan la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno(…).Los periodistas justifican su traición de varias maneras según sus temperamentos. Los más pomposos hablan de libertad de expresión y dicen que ‘el público tiene derecho a saber’; los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida”.(4)
Estas ideas extremas –e impiadosas- no pertenecen a un crítico teórico de la profesión sino a una de las periodistas más reconocidas de los Estados Unidos, Janet Malcom, colaboradora asidua de The New Yorker y autora de varios libros clásicos –entre ellos “El periodista y el asesino” y “En los archivos de Freud”- que hablan de la ética y de la información a partir de casos concretos.
La mención de Malcom tiene, en este contexto, un significado: nuestro oficio no pasa desapercibido. No es uno más: genera polémicas, levanta críticas, produce aplausos. En breve, está rodeado de desconfianza y de atracción. ¿Cuáles serán las causas de esta dicotomía tan marcada, de esos brillos y opacidades? ¿Por qué es uno de los pocos en los que la teoría y la práctica se recelan, y tanto?
Imaginemos otro escenario: ¿Uno sentiría miedo en operarse con un académico de cirugía? La respuesta es no. Pero si uno tuviera a su cargo un diario, ¿se animaría a entregarle la jefatura de redacción a un teórico de la comunicación, a alguien que hizo su carrera entre la universidad y la academia y nunca se enfrentó con los desafíos pragmáticos del oficio? En este caso, la respuesta seguramente es diferente.
Son innumerables los eventos teóricos vinculados con la acción comunicativa propiamente dicha en los que los profesionales de la información, los que trabajan o han trabajado en medios, brillan por su ausencia. Y esa realidad es asombrosa. Son muchísimos los libros de texto relativos al periodismo en los que los periodistas profesionales no escriben una línea.
Las raíces de esta desconfianza se remontan, muy posiblemente, al origen eminentemente práctico de la tarea periodística (o proto periodística). Veamos como Bill Kovach y Tom Rosentiel describen en “Los elementos del periodismo” el inicio contemporáneo de la profesión:
“Lo que podríamos considerar periodismo moderno comenzó a principios del siglo XVII. Surgió literalmente a partir de conversaciones que se mantenían en lugares públicos, sobre todo en los cafés de Inglaterra y, algo más tarde, en los pubs –o public houses- de Estados Unidos. En este país, los propietarios de esos establecimientos –publicans- preguntaban a los viajeros qué habían visto y oído en sus andanzas y les animaban a registrarlos en cuadernos que colocaban al extremo de las barras. En Inglaterra, los cafés se especializaban en un tipo de información concreto. Los primeros periódicos nacieron a partir del intercambio de noticias que se producían en estos locales y, ya en 1609. Algunos impresores comenzaron a recoger los chismes sociales, las discusiones políticas y las novedades que traían los marineros y a imprimirlos en papel”.(5)
Pensemos sólo como ejercicio teórico que el filósofo Immanuel Kant revolucionó la forma de pensar el mundo real a través de una compleja arquitectura de categorías cognitivas del hombre. Lo hizo desde su cátedra universitaria en la pequeña ciudad de Könisberg, sin salir nunca de la ciudad. En esta anécdota quizá resida –aún hoy- parte del recelo entre la praxis y la reflexión en el mundo del periodismo y la comunicación.
Visto desde la práctica, quiero citar aquí a un gran amigo y gran periodista formado en la cocina de las viejas redacciones, Héctor Chimirri, y desaparecido en Barcelona cuando tenía todavía mucho por decir y para enseñar. El solía decir: “los periodistas somos una especie de antropólogos del día a día”. Algo de razón tenía. Nuestra profesión se nutre de la investigación y de la búsqueda de la verdad. Y explica en parte las conductas y las culturas del hombre en esta tierra.
No todos los casos son iguales ni, por supuesto, el desarrollo del periodismo y las influencias concretas.
En la Argentina, no se necesita tener el título de periodista para ejercer la profesión ni tampoco obtener de un Colegio la habilitación necesaria. No pretendo, ni por asomo, plantear aquí esta cuestión que ha levantado en muchos países fuertes y justificados reparos.
El hecho concreto, es que la formación del periodista, antes de la aparición de las primeras escuelas, provenía de disciplinas si se quiere afines, vinculadas, pero no específicas. Sobre todo en América Latina, los diarios se construyeron alrededor de una idea política, de la defensa de un programa o como parte de la militancia. Eran diarios que expresaban a partidos y a corrientes de pensamientos, muchos de ellos reflejo de la gran prensa europea que, por su importancia y su influencia cultural sobre estas tierras, se “organizaba” alrededor de ideas políticas. La impronta europea en los diarios y redacciones argentinas fue tan notoria que los modelos de los periódicos mostraban esas huellas ideológicas.
Las bases de un profesionalismo en el periodismo eran débiles. Las redacciones se conformaban con periodistas que tenían diversas formaciones y distintos grados de extensión de la carrera universitaria. Las fuentes fueron abogacía, filosofía y otras ramas de las ciencias sociales y, posteriormente, se agregaron economistas o estudiantes de economía, licenciados en letras u otras disciplinas culturales. Había un común denominador que determinaba el carácter de las redacciones y era la formación política, cuando no la militancia anterior o presente, de quienes se incorporaban a los diarios.
Estos diferentes orígenes, con experiencias diversas también, hacían difícil la conversión del periodismo en una profesión.
Silvio Wainsbord, en un interesante libro llamado “Watchdog: journalism in South America” dice al respecto: “El profesionalismo (del periodismo) requiere establecer límites separando quién es y quién no es periodista”(6).
La hipótesis de este destacado investigador argentino apunta, al mismo tiempo, a destacar un fenómeno que ayudó a comenzar la profesionalización del periodismo en América Latina con el ingreso a las redacciones de generaciones que provenían de otra fuente: las escuelas de periodismo.
Es curioso – producto también de las culturas enfrentadas y de las inercias culturales en las organizaciones periodísticas- que en las redacciones comenzaron a convivir cada vez con mayor asiduidad periodistas que venían de una formación académica con otros que tenían una formación eminentemente práctica y pragmática.
¿Un título universitario de periodismo habilitaba más que la experiencia obtenida en la redacción a través años de trabajo y de observación? Entrar a este terreno da lugar a múltiples preguntas porque la permanencia en una redacción no significa, como todos sabemos, experiencia y habilidad periodística.
En la Argentina esa discusión no está saldada. Pero está cada vez más claro que los caminos de confluencia se han despejado.
Pero va de suyo que la formación académica es ya imprescindible para ejercitar un periodismo de calidad.
La pregunta a realizarse es: ¿cómo se aprende periodismo en la universidad? Y si ese periodismo es enseñado por periodistas que pueden transmitir el oficio, la capacidad del maestro, del artesano, porque nuestra profesión tiene además mucho de artesanía.
En ese recelo entre el oficio y la academia, encontramos muchos casos en los que esta última no se asimiló al periodismo y, en muchos casos, lo desprecia y desautoriza muchas veces por una posición excesivamente ideológica. A la vez, el periodismo debe asimilar el canon académico, la tradición metodológica, el rigor científico, sin el desprecio que tienen muchas veces los veteranos con los novatos que llegan de las aulas.
En una conferencia sobre “Periodismo y Etica”, el sociólogo francés Pierre Bourdieu decía, en 1996, que los periodistas pecamos por ser demasiados susceptibles y soportamos mal el análisis que, sobre nosotros, llega desde la academia. Para él, este escepticismo a la crítica se debe a que somos poderosos pero frágiles, con una historia de amenazas a nuestras espaldas. Ese poder que tenemos se renueva cada 24 horas y un error logra poner a prueba décadas de esfuerzo. Sin más, ¿no ha pasado algo así con la credibilidad de The New York Times luego del caso Jayson Blair?¿O con la de Newsweek después de aceptar que una de las fuentes que alertaba sobre la profanación del Corán en el ejército no había confirmado la información?
Vale preguntarse si esta susceptibilidad ante la mirada ‘ajena’ –es decir la de quienes analizan la labor cotidiana del oficio desde la academia- no está dada por esta infeliz competencia. Y aquí corresponde un mea culpa: los periodistas, los que ejercemos el oficio a diario, nos hemos alejado a menudo de la Academia como si nuestro compromiso con la inmediatez fuera excluyente. Así, el ámbito de la reflexión queda encapsulado en espacios que no siempre conocen nuestra dinámica y que reemplazan la idea fundacional de esta profesión –‘contar el mundo’- por la de ‘construir el mundo’. Sería mentiroso negar que una y otra pueden estar presentes en lo cotidiano pero lo es más (y se trata de un desliz usual en la Academia) suponer que nuestras palabras mantienen per se una relación esquizofrénica con los hechos.
Después de haber invertido mi vida en esta pasión, de haber visto y participado de la transformación de un diario grande en un gran diario, estoy convencido que el oficio de periodista, como otros, precisa del conocimiento específico, del auxilio de otras disciplinas científicas, que nos ayuden a explicar el mundo y su cambio constante. Sin esa simbiosis, probablemente el periodismo se convertirá a lo sumo en un entretenimiento, degradando su función y convirtiéndose, como está pasando en otros soportes, en tierra de sensacionalistas y oportunistas.
Hace tiempo, el ensayista estadounidense Gore Vidal, ese también magnífico historiador y crítico del poder desde poder mismo, ironizó sobre uno de los puntos débiles de las democracias actuales: la falta de participación. Dijo: “La mitad del pueblo de los Estados Unidos nunca leyó un diario. La mitad nunca votó a un Presidente. Ojalá sea la misma mitad”.
Como su deseo puede darse de bruces con la realidad –y ahí estaría la supervivencia de todos nosotros en juego- no quiero finalizar esta exposición sin proponer que ese antagonismo del que hablaba al comienzo, esa supuesta antinomia entre el oficio y la Academia, se convierta en un diálogo fecundo y provechoso, sin prejuicios, para mirarnos unos en el espejo de los otros. Para que la Academia no sea una torre de cristal y para los que nos formamos en la forja de las redacciones, de los cierres, del ensayo y el error, y que fuimos aprendiendo por observación, emulación y siguiendo consejos de generosos maestros, que sin saberlo nos fueron conduciendo, logremos zonas de encuentro, donde la palabra versus no sea la más apropiada para definir o calificar nuestra paradójica unión.
Muchas Gracias.

Notas

(1)“El Mejor oficio del mundo”, Gabriel García Márquez. 52 Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Los Angeles, California, 7 de octubre de 1996
(2)“Prensa, racismo y poder”. Teun van Dijk. Universidad Iberoamericana. 1995. También ver “Racism and discourse in Spain and Latin America”, Benjamins, Ámsterdam, 2005; “Reproducing racism: The role of the press”. First draft of a paper for the Congress of Inmigration, Almería, abril de 2005. El señor van Dijk vino a Buenos Aires invitado por la jefatura de redacción de Clarín y por el departamento de Capacitación del periódico en 1996.
(3)“Los cinco sentidos del periodista” (estar, ver, oir, compartir, pensar). Colección Nuevo Periodismo. Fondo de Cultura Económica, México.2003
(4)Malcom, Janet. “El Periodista y el asesino”. Gedisa Editorial. Barcelona. 2004. Pág. 23
(5)Kovach, Bill y Rosenstiel, Tom. “Los elementos del periodismo”. Ediciones El País-Santillana, Madrid. 2003. Pág. 30
(6)Ver “Watchdog: Journalism in South America. News, accountability, and democracy”. Columbia University Press. New York. 2000

Bibliografía

Bordieu, Pierre. Ponencia “Journalisme et étique”, Acatas del coloquio fundador del Centro de investigación de la Escuela Superior de Periodismo de Lille (Francia), publicado en “Les cahiers du journalism”, N°1, junio 1996.
Crouse, Timothy. “The Boys on the bus”, Ballantine Books. Canadá. 18°edición. 1992.
Fuller, Jack. “News Values: Ideas for an Information Age”. The University of Chicago Press. 1996.
García Márquez, Gabriel. “El mejor oficio del mundo”, discurso ante la 52° asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Los Angeles, California. 1996.
Iggers, Jeremy. “Good news, bad news. Journalism, ethics and the public interest”. Westview Press. Boulder, Colorado. 1998.
Herrán, María Teresa y Restrepo, Javier Darío. “Etica para periodistas”. Tercer Mundo Editores. Colombia. 2da edición. 1995.
Kapuscinski, Ryszard. “Los cinco sentidos del periodista (estar,ver,oir,compartir,pensar)”. Colección Nuevo Periodismo. Fondo de Cultura Económica. México. 2003
Kovach, Bill. “La calidad como reto diario: problemas actuales para la ética y la práctica periodística”. Primer panel. Seminario realizado en Monterrey, Nuevo León, México. Septiembre de 2003.
Kovach, Bill y Rosenstiel, Tom. “Los elementos del periodismo”. Ediciones El País-Santillana. Madrid. 2003.
Malcom, Janet. “El periodista y el asesino”. GEDISA Editorial, Barcelona.2004.
Talese, Gay. “The kingdom and the power”. Dell Publishing Co. New York. 2da edición. 1981.
Wainsbord, Silvio. “Watchdog: Journalism in South America. News, Accountability, and Democracy”. Columbia University Press. 2000.

RICARDO KIRSCHBAUM

 

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