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La Academia Nacional de Periodismo realizó sesión pública para incorporar a la Sra. Magdalena Ruiz Guiñazú como Miembro de Número el 22 de septiembre de 2005. El discurso de recepción fue realizado por el Sr. Joaquín Morales Solá.

Presentación
Joaquín Morales Solá

Voy a hacer un enorme esfuerzo de objetividad porque con Magdalena Ruiz Guiñazú me une, además de la condición de colegas, una amistad entrañable que se ha extendido a través de muchos años. La Academia Nacional de Periodismo incorpora hoy, sin duda, a una de las personas más reconocidas del periodismo argentino y con mayores pergaminos profesionales en su trayectoria. Decir Magdalena Ruiz Guiñazú es, para vastos sectores sociales, decir periodismo.
El periodismo entendido por Magdalena Ruiz Guiñazú es un periodismo que hunde sus raíces en las fuentes mismas de la profesión. El periodismo significa curiosidad fundamentalmente, pero no la curiosidad vulgar del chisme, sino una curiosidad valiosa y constructiva que sabe discernir, entre los hechos cotidianos, cuáles son aquellos que influyen en la vida de la sociedad.
Magdalena tiene la rara habilidad de discernir también entre lo que la gente común quiere saber y lo que quiere escuchar. Está dispuesta a cualquier esfuerzo personal para satisfacer el primer reclamo, lo que quiere saber, y está dispuesta, si es necesario, a nadar contra la corriente, contra lo que la sociedad quiere escuchar. No es un mérito menor cuando lo que parece prevalecer en nuestra profesión es la demagogia periodística. Debemos reconocer que se está convirtiendo en un peligroso hábito decir sólo lo que la mayoría social quiere escuchar en la coyuntura siempre superficial y fugaz.
Magdalena ha recorrido todos los medios de la profesión (el periodismo gráfico, la televisión y la radio) y todas sus categorías, desde simple cronista en sus comienzos hasta su actual condición de conductora y editora de su programa de radio. Sin embargo, todavía me sorprende que en su peligrosa cartera guarde siempre un grabador preparado en todo momento para registrar el testimonio, sea éste de personas descollantes o de simples protagonistas de algún episodio importante de la vida cotidiana. Desde ya, no es un grabador oculto ni disimulado ni jamás grabará la palabra de nadie sin su previa autorización.
Si el periodismo es también coherencia, entonces tenemos que decir que Magdalena es coherente. Coherente sobre todo con un puñado de principios inamovibles. El primero de ellos es la ética. En un momento en el que muchos reconocemos que hay peligrosos síntomas de corrupción en el periodismo, Magdalena ha hecho de la honestidad un dogma inquebrantable.
Otro de esos principios es el respeto a la pluralidad democrática. En su concepción del periodismo, caben todas las voces y todas las posiciones. Para Magdalena no hay buenas o malas ideas -aunque ella tiene las suyas-, sino buenas o malas personas, vengan del campo ideológico que vinieren. Y esa visión amplia frente al escenario de las ideas es una condición esencial del buen periodismo, aunque cada uno de nosotros, los periodistas, tenemos el derecho de ver las cosas desde un determinado punto de vista. Respeto por nuestras ideas, pero respeto fundamentalmente por las ideas de los otros.
No podemos hablar de Magdalena sin destacar su importante compromiso con los derechos humanos, con los derechos esenciales de las personas, que la llevó incluso a buscar la verdad de lo que pasó en nuestra triste historia reciente hasta en los lugares donde era insoportable llegar. Eso hizo cuando aceptó integrar la Conadep, la primera experiencia de la democracia argentina para descubrir la verdad de lo que sucedió durante el último régimen militar. Pero Magdalena es una creyente del dogma de la no violencia y, por lo tanto, contraria a la violencia de cualquier signo, venga ésta del rincón ideológico que viniere.
Hay un aspecto tal vez menos conocido de Magdalena que sus colegas rescatamos. Y es su vocación profesional por elevar el papel del periodismo en la vida pública. En épocas de fáciles chabacanerías, jamás se le ha escuchado a Magdalena en el espacio público –y hasta en el privado- una sola palabra incorrecta o vulgar. Aún en tiempos de rápidas espectacularidades, ella siempre le ha dedicado un espacio a pensamientos más elevados, a la difusión de la cultura y a la acción de sus protagonistas. En esto ha cumplido con la misión esencial del periodismo que es también la de formar una mejor opinión pública.
Ética, pluralidad, compromiso con sus principios, conocimiento de la percepción social, lo que nosotros llamamos el olfato del periodista, todo eso constituye el bagaje profesional con el que una periodista nos cuenta la vida. Y Magdalena la cuenta con su especial estilo, amable, respetuoso, a veces impetuoso (por qué no), pero sobre todo fácil de comprender para el oyente o el lector de las cosas que ella dice o escribe. Y hacerse entender fácilmente es otra obligación del periodista, que ella cumple todos los días de su vida.
Bienvenida, Magdalena.

 

Prensa y Libertad 

Como sabemos la Argentina es un país difícil y el periodismo es, cíclicamente, uno de sus estamentos más apremiado por las necesidades del Poder de turno. Porque el Poder, así con mayúscula, tiene tendencia a pensar que hay límites en la información que no lo favorece y olvida que el deber de informar con lealtad crea un lazo importante entre la sociedad y el periodismo. En este momento hay libertad de prensa en nuestro país aunque hay cierta intemperancia con respecto a algunos medios y hay algunos periodistas a los que el Ejecutivo menciona agresivamente por nombre y apellido. Informar con lealtad, decíamos, crea un lazo y una connotación personal que no ha hecho sino aumentar con el tiempo.
Y esto es fruto de una larga tradición porque si revisamos aquellos relatos de fines del siglo XIX en el que los protagonistas (tanto europeos como rioplatenses) se aferraban a sus diarios preferidos, vemos que moldeaban sus opiniones según aquellos editoriales y, ocasionalmente, hasta transitaban con orgullo por la sección de cartas de lectores. Incluso, hoy, hay toda una historia que revela la aceptación o el rechazo que manifiesta la sociedad frente a los que tenemos el deber de informar. Pero así como se genera el fenómeno de confianza también es fundamental que perdure en el tiempo. Ay de aquel periodista que pierde la confianza de sus lectores, sus escuchas ó sus televidentes. No vamos a dar nombres pero todos sabemos que es una pendiente muy difícil de remontar que lleva, en ciertos casos, a situaciones irrecuperables.
Y el manejo responsable de la libertad nos lleva a un punto delicado que hace a la seguridad de toda una sociedad y que, lamentablemente, se nos presenta con frecuencia no deseada. Creo que al respecto habría que plantearse algunas preguntas. Por ejemplo, cuando se produce un hecho grave como los que suelen ocurrir, ¿cuán recomendable resulta describir el delito hasta en sus menores detalles? ¿Es justificable, en caso de secuestro, un diálogo con los secuestradores que tienen rehenes? Yo creo básicamente que NO. Sin embargo conviene discutir estos temas, sobre todo frente a los jóvenes que se inician en la profesión. Por ejemplo también, y en otro extremo, plantearnos si estamos dispuestos a perdernos una primicia por ética profesional. Si nos sentimos autorizados a dar a conocer una primicia cuando ésta implica una revelación privada y escandalosa. ¿Cuánto pesan en nuestras vidas las responsabilidades que implica hacerse cargo de enfrentar a cualquier poder de turno? Y aquí me refiero no sólo al Poder Político, como ya se ha mencionado, sino al económico, al mafioso, al tradicional. Y cuando alguien que nos gusta, alguien en quien hemos creído, comete serios errores. ¿Somos capaces de denunciarlos ó nos apañamos en un cómodo silencio?
No es verdad que lo importante es sólo La Noticia. La Noticia, obvio, es nuestra razón profesional pero las circunstancias que la rodean son las que debemos sopesar cuidadosamente. Un crudo ejemplo: si un juez de la nación es acusado de  acciones ilícitas ¿es menester mostrarlo en  imágenes escabrosas tomadas de un video de prostíbulo? ¿Hay derecho a aprovecharse de la indefensión de un moribundo ó a entrar en el correo electrónico de alguien que, como en el caso de Juan Castro, después de muerto no conoció la discreción que debe acompañar nuestros actos reservados?
Es importante subrayar aquí que la sociedad argentina, en sus afectos y rechazos, parece mostrar cierta lucidez y que aquellos periodistas venales que se han enriquecido ó se enriquecen a través de notas pagadas ó campañas orquestadas, han perdido todo prestigio ó figuran en los últimos puestos de las encuestas. Por suerte la sociedad les ha dado la espalda.
 Pero tampoco conviene olvidar que en un momento como éste,  la Justicia y las instituciones en general han bajado en la estima de la opinión pública y el país se encuentra desgraciadamente en una crisis de confianza de la que será difícil recuperarnos. Cierto periodismo conserva credibilidad. Sería nuestra tarea, entonces, incrementarla a través de ese compromiso leal y responsable al que me he referido anteriormente.
Durante los años negros de la dictadura imaginamos, quizás con ingenuidad, que la vigencia del Estado de Derecho iba a encauzar nuestra sociedad. Pero ha sido así sólo parcialmente. Por citar un hecho reciente que marcó un antes y un después quiero recordar lo ocurrido 9 años atrás cuando José Luis Cabezas pagó con la vida y la tortura el hecho de ser un humilde fotógrafo e importunar a Yabrán y a su cohorte de guardaespaldas (algunos ex torturadores de la ESMA).Ciertos poderosos no soportan que se los sorprenda. José Luis sólo  mostró a un hombre caminando por la playa con su mujer. Y esos hombres que lo ultimaron pensaron que lo más fácil era ensañarse con alguien que sólo estaba cumpliendo con su obligación de enviar fotos desde un lugar de veraneo. Como sabemos a Cabezas lo mataron de rodillas, esposado y quemaron su cuerpo. Su muerte fue utilizada por la mafia para escarmiento de la prensa en general. No sólo llovieron amenazas sobre el periodismo independiente sino que hoy, los acusados de este crimen comienzan a dejar la cárcel. Y los que están aún en ella gozan del asesoramiento de importantes abogados cuyos honorarios no parecerían ser pagados por sus respectivas familias.
   Yesta pesadilla se repite. En esta larga seguidilla, retrocediendo en el tiempo, recordemos por ejemplo que a José Ignacio López le volaron la casa por informar sobre el asesinato de Monseñor Angelelli, uno de los tantos crímenes de la dictadura.
   En el mundo, actualmente, también la libertad de la prensa parece que aún peligra cuando el Poder (con mayúscula) quiere tener acceso al secreto de las fuentes. Judith Miller, la periodista del Washington Post, está pagando con la cárcel el derecho a defender sus fuentes de información a pesar que, como antecedente,  Bob Woodward y Carl Bernstein han guardado durante 30 años (hasta ahora en este 2005) uno de los grandes secretos de la prensa mundial. La identidad de Garganta Profunda que provoca Watergate y la caída del Presidente Nixon. Posiblemente el propio Garganta Profunda, Mark Felt, decidió a los 90 ¡años que más valía un retazo de fama en vida que un conmovido epitafio en el anonimato! Recordemos que el punto más grave de Watergate fue el de hacer responsable a la presidencia de los EEUU del mal uso del enorme poder que ese caso implicaba.
Y también pensamos que es importante no confundir prudencia con ocultamiento. Ubicaría entonces aquí un tema que es quemante para los latinoamericanos: la libertad de prensa en Cuba, los disidentes encarcelados, los fusilamientos del año pasado. ¿Cuántos periodistas estamos dispuestos a pasar por alto la imagen inolvidable de esos hombres bajando de la Sierra Maestra, esa imagen de nuestra juventud, y denunciar hoy las violaciones a los Derechos Humanos elementales que está cometiendo Fidel Castro? Parece que a algunos les cuesta mucho aceptar que las violaciones a los Derechos Humanos son tan graves en Cuba como en el resto del mundo. Un mundo terrible donde también un hombre sanguinario como el Presidente Bush tortura en las cárceles de Guantánamo y de Abu Graib en Irak (y me remito aquí a los informes de la Cruz Roja Internacional) y no titubea en hacer despedir a la fotógrafa que mostró al mundo la imagen de los ataúdes de soldados americanos volviendo en un avión Hercules.  Un testimonio atroz de lo que significa la guerra en Irak.
   Es alto el costo de la libertad para la prensa y en algún momento de nuestras vidas lo hemos sentido así. Pero también es un derecho que nos otorga la Constitución Nacional. Y creo que no hay que cansarse de repetirlo.  Y de repetirlo ante las nuevas generaciones.
   Y, lo peor, es que no habrán de faltarnos ocasiones. Este sábado pasado el diario Clarín dio a conocer un proyecto de ley de secretos oficiales que cuatro senadores kirchneristas presentaron en la Cámara Baja para regular las excepciones al principio de que todos los actos del Gobierno deben ser públicos. Y en la misma iniciativa se propone ampliar las facultades del Ejecutivo para ocultar información y controlar su divulgación cosa que afectaría, en primer término, la libertad de prensa y luego, por supuesto, la de todos los ciudadanos. Felizmente el efecto de la divulgación de este proyecto fue tan negativo para el Poder que el gobierno se apuró a despegarse del proyecto que, esperemos, pase al olvido sin por eso hacernos desestimar el amargo sabor de legisladores que impulsan una Argentina con secretos olvidando que poco tiempo atrás en el país se abogó, como quien plantea una meta sublime, una mayor transparencia en todo aquello que hace a la función de legislar y gobernar.
   Porque, y me excuso en la reiteración, la Libertad es un derecho.
   No puedo olvidar la imagen, en la última entrega de los premios Martín Fierro, de un grupo de integrantes del noticiero galardonado, que, una y otra vez, agradecieron a los dueños de la empresa la total libertad en la que trabajaban. Posiblemente no advertían la gravedad de esta gratitud. La obsecuencia en la que puede caer quien no sepa hasta donde van sus derechos. La Prensa no tiene nada que agradecer cuando se la respeta. Ser libres es una forma de vivir e intentar ser libres ya es un camino fecundo que no puede sino dar frutos HOY y en un futuro que esperamos venturoso para todos y en el cual la Academia que nos reúne esta noche cumple la misión de preservar la Ley que nos rige y la excelencia a la que está llamado todo periodista que ame a su profesión. Me honra ocupar el sillón de Ovidio Lagos que a través de La Capital de Rosario hizo un gran diario y cumplió con la misión de informar con verdad y serenidad.
Muchísimas gracias a todos por reunirnos aquí esta noche. Nada más.

MAGDALENA RUIZ GUIÑAZÚ

 

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