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La gran aventura del periodismo.
Charla de Hugo Gambini, al incorporarse a la Academia Nacional de Periodismo.
Pronunciada en el Museo Mitre el 26/IV/07.

Comienzo por agradecer a mi gran amigo Raúl Urtizberea el haber propuesto mi incorporación a la Academia Nacional de Periodismo. Qué mejor para un agnóstico que lo presente el abogado del diablo... Con Raúl, vasco creyente y cabeza dura, la única coincidencia religiosa que tenemos es haber trabajado juntos alguna vez en el infierno, muy pocas en el paraíso y nunca en el limbo, que ahora nos enteramos de que no existe más. Pero siempre fue un gusto compartir con Raúl las alegrías y tristezas de este oficio, santo y endiablado a la vez.
Agradezco también a mis pares el haberme aceptado. Las palabras de Ignacio López aquí y la recepción de Bartolomé de Vedia en la Academia, superan con creces los méritos personales que yo pudiera tener.

El teatro Florida

Ahora vamos a la gran aventura del periodismo, que prometí contarles esta noche. Cuando cumplí los 18 años –y empecé a trabajar en la Compañía Nobleza de Tabacos— pude realizar dos sueños: primero afiliarme al Partido Socialista y después entrar al sótano de la Galería Güemes, al cine Florida, para ver el film Cómo se bañan las damas. Y descubrí que se bañan como todo el mundo: con jabón.
Dos años después volvería allí todas las semanas, cuando el Florida se convirtió en el gran destape del espectáculo porteño, porque el presidente Perón se había peleado con la Iglesia. Había desnudos todas los días, y la platea y los palcos, más que suspirar ¡deliraban! Era un espectáculo continuado y cuando alguien se iba se producían peleas para ocupar los primeros asientos. Todas las noches a las 8 y 25 se cerraba el telón y aparecía una de las chicas, totalmente vestida, pidiendo “un minuto de silencio por la compañera Evita”. Se ponían todos de pie y no se oía volar una mosca, hasta que la chica se iba, se levantaba el telón y otra vez los gritos de la platea y de nuevo los desnudos. De esto solamente nos acordamos quienes estuvimos allí dentro. Es decir, corredores con portafolios, vendedores que daban por finalizado el día y muchos, muchos periodistas...

En La Vanguardia

Mi actividad profesional comenzó a despuntar en Futuro Socialista, el periódico de la juventud de ese partido. Pero la gran aventura del periodismo se inició en 1957, hace exactamente cincuenta años, cuando mi amigo Alberto Schtirbu me encontró revisando el archivo de La Vanguardia, en las viejas oficinas incendiadas de la Casa del Pueblo.
—¿Qué hacés acá? ¿Te gusta tanto esto? Vení que tengo algo para vos. Andate al sindicato telefónico y entrevistalo al secretario.
—¡Pero yo no sé nada de esto!
—Yo tampoco. Por eso, llevate este recorte y traeme la entrevista.
—Pero es que yo...
—¡La entrevista te dije! ¿O mando a otro?
—¡No, no, voy yo!
Salí zumbando con el recorte y volví lleno de datos. Podía escribir diez páginas, pero Schtirbu me frenó enseguida: “Hacé dos carillas con lo esencial. Lo quiero en media hora. Y apurate, porque hay que cerrar hoy”. Me senté en una Remington destartalada, sobreviviente del incendio, y fui tecleando mis datos. No sé cómo lo hice, pero entregué las dos carillas exactas. Estaban llenas de tachaduras y tenían tantas correcciones, que Alberto me dijo: “Esto es un enchastre, pasalo en limpio porque no se entiende nada”.
Yo había titulado la nota “Decisión salvaje contra los telefónicos”. Pero como La Vanguardia la dirigía la doctora Alicia Moreau de Justo, que era una mujer dura, acostumbrada a la rigidez partidaria, desconfió del título y me preguntó:
—¿Por qué dice usted salvaje?
—Bueno... hicieron un paro... el gobierno lo declaró ilegal y seguramente los van a meter presos.
—Mire, este es un servicio público y la empresa es del Estado. Todavía no hay ningún preso, no se anticipe. Mejor pongamos este título: “¿Es ilegal la huelga telefónica?”.
Cuando estuvimos solos, Alberto se empezó a reir y me explicó:
—Está bien, pibe, tu nota es buena, pero la doctora es así, si no está segura no afirma nada. Siempre pone el título en pregunta...
—¿Y si hay un golpe de Estado?
—Ella va a titular: “¿Para qué un golpe de Estado?”
En esos años Landrú bromeaba en Tía Vicenta, disfrazándose de otras publicaciones. Cuando le tocó el turno a La Vanguardia publicó un mensaje a la juventud, donde la doctora Moreau decía: “¡Jóvenes, envejeced!”
La Vanguardia tuvo luego de director a David Tieffenberg, un abogado de la nueva generación, en quien los jóvenes confiábamos por su gran lucidez. Era muy cálido, pero de escaso periodismo. Me nombró jefe de redacción y me confió, en secreto, que de eso él no entendía nada. Me dio toda la libertad para hacer y deshacer. Así se editó, el 1º de Mayo de 1961, un número ilustrado por pintores y dibujantes, y donde escribieron los principales poetas y novelistas del país. Fue una joyita literaria.

En Sagitario

También escribía en Sagitario, bajo la dirección de Carlos Sánchez Viamonte, Carloncho, quien nos enseñó que nunca hay que escribir “jefe de estado” sino “primer mandatario”, porque el Presidente cumple un mandato del pueblo. Es el primer mandatario elegido por nosotros, los mandantes. En Sagitario, con mi gran amigo Oscar Troncoso compartíamos el periodismo y todas las lecturas políticas de la época.
Disfrutábamos escuchándolo a Carloncho contar anécdotas del partido y hablar de las hermanas Mariana, Fenia y Adela Chertkoff, casadas con Juan B. Justo, Nicolás Repetto y Adolfo Dickmann. Según Carloncho, ninguna de ellas ocupaba cargos, pero las Chertkoff eran el verdadero comité ejecutivo que manejaba a los tres dirigentes principales. Dice Horacio Sanguinetti, en su libro Los socialistas independientes, que allí se hablaba de las Chertkoff y se decía que el socialismo era un partido familiar...
La política es apasionante y frustrante a la vez. Pero haber militado en un partido es una experiencia muy valiosa para un periodista. Es algo que se recuerda para siempre, por el placer de haber tratado, y aprendido, de figuras de la talla de Alfredo L. Palacios, de Américo Ghioldi, de José Luis Romero, de Julio V. González y de muchos otros.

En Crítica, Leoplán y Vea y Lea

La aventura del periodismo me llevó a Crítica, donde me pusieron a hacer cables porque sabía titular. Me encantaba la política internacional, pero Crítica cerró cuando lo echaron a Frondizi de la Presidencia. Quedé en la calle, con una hija de un año, Gabriela, y otra por nacer, Verónica, y ahí me di cuenta que aquello de que los chicos nacen con un pan bajo el brazo no es cierto. En lugar del pan traen la cuenta del sanatorio.
Colaboré en revistas como Leoplán y cuando fui a Vea y Lea descubrí a un gran jefe de redacción como Jerónimo Jutronich. Allí conocí a Norberto Firpo, otro de mis grandes amigos, que posee una condición valiosísima: es hincha de Vélez igual que yo. Desde entonces ambos seguimos compartiendo el periodismo y también el fútbol, porque mis hijas, sus hijos, mis nietos y su nieto somos todos de Vélez, y vamos juntos a la cancha.

En Crónica

Apareció Crónica y el periodismo me llevó allí, a volver a hacer cables. Pero ahí la política internacional no interesaba mucho. Hablar con Héctor Ricardo García sobre la guerra de Vietnam era como preguntarle a Borges si prefería a Tucho Méndez o a Sanfilippo.
Sin embargo, con García nos llevábamos bien. Yo le explicaba que los norteamericanos habían bombardeado otra vez —por error— su propia base militar y a él lo único que le importaba era la cantidad de muertos. Si eran muchos titulaba la tapa, de lo contrario necesitaba algún cable con una oveja de dos cabezas o algo así. Y si no había nada de eso, le gritaba a la redacción: “¡Busquen un crimen pasional en Villa Piolín, para la tapa!” Después me lo daba a mí y me decía “inflalo y hacé un buen título”.
Un día apareció sentado en la secretaría de redacción Juan Carlos Petrone, un gordo histórico que había trabajado en la Crítica de Natalio Botana. Venía con todos los vicios. Tenía una voz aflautada y el cigarrillo siempre pegado a los labios. La ceniza que dejaba caer sobre la barriga le nevaba todo el suéter. Petrone me tomó simpatía y como vio que escribía bien, cuando cerraba cables no me dejaba ir. Quería que le ayudara a terminar la tapa. De pronto le traían una nota policial, ya redactada, y le preguntaban:
—¿Necesita agregar o cortar algo, gordo?
—¡No querido, está muy linda! ¡Lo que vos hacés siempre es muy bueno! Te podés ir tranquilo...
Entonces me la alcanzaba y por lo bajo me decía:
—Ponémelo en castellano, porque este escribe en japonés...
Un día el gordo nos dijo que se estaba muriendo un político muy importante. Me encargó la necrológica a mí y lo mandó a Julio Algañaraz al Sanatorio Anchorena. Le pidió que lo llamara cada diez minutos. Julio lo llamaba cada hora, pero sin novedades.
—¡No pasa nada, gordo!
—Vos seguí llamando; decile que apuren que tengo que cerrar el diario. A ver si este cabrón se muere después del cierre...
Un día, el otro, y el otro. Nada. Al quinto día el gordo no tenía noticias para titular y empezó a ponerse nervioso. De pronto llamó Algañaraz y se produjo un gran silencio:
—¿Y Julito? ...... ¿Cómo que está igual? ¿Pero no me podés dar una esperanza, carajo?
Al día siguiente se murió el político y el gordo por fin gritó:
—¡Juliitoo, viejo! ¡Sabía que no me ibas a fallar!
Julio Algañaraz es, desde hace más de treinta años, el corresponsal de Clarín en Roma.
Crónica es así. Otro día el gobierno declaró persona no grata a un diplomático soviético. Le dieron 24 horas para salir del país. Las fotos de Ezeiza lo mostraban sin saco, con la camisa abierta por los tironeos de los periodistas, que querían declaraciones, y casi lo desvisten. García me pidió el título de tapa, pero mi problema era poner todo en dos líneas de doce letras cada una.
—¡No entra, viejo! Pongo “diplomático soviético” y ya me pasé...
García se sentó a escribir y lo resolvió rápido.
—Acá está, mirá: “Semidesnudo echan a un ruso”.

En Primera Plana

Sin dejar Crónica, la aventura me acercó a Primera Plana,esa gran catedral que transformó el periodismo. Allí conocí a Jacobo Timerman, quien una vez me llamó a su despacho para decirme que mejorara la redacción:
–¿Usted por las mañanas trabaja en Crónica, no?
–Y... sí...
–Bueno, entonces en Crónica escriba para Crónica y aquí para Primera Plana, porque si lo hace al revés lo van a echar de los dos lados...
En Primera Plana estaba Luis González O’Donnell, un rubio casi albino, a quien los políticos apodaban El Peligro Amarillo. El me enseñó a desarrollar una teoría en cada nota, a construir una hipótesis y luego demostrarla con el bagaje de información que traía de la calle. Pero un día Luis se fue y en su lugar se sentó Ramiro de Casasbellas, otro grande del periodismo. Aquello cambió. Ya no hubo teorías sino historias, se exigía más imaginación. Comenzó así una devoción enfermiza por el relato. Hubo que administrar bien las palabras, economizar valoraciones, suprimir adjetivos. En cada historia había que describir a los protagonistas, no calificarlos.
En las grandes investigaciones se enviaba a varios cronistas, a buscar toda clase de datos, para componer una pieza bien atractiva, para seducir al lector más exigente. El encargado de amasar tanta pasta informativa era un redactor de primera calidad, como Ernesto Schóó, Tomás Eloy Martínez o Norberto Firpo.
Ramiro era un jefe malhumorado y divertido a la vez, capaz de gruñir por una frase mal construida o un epígrafe anodino, como de festejar ruidosamente el reciclaje literario de un adjetivo en desuso. Así Ernesto Schóó introdujo el vocablo coruscante, que significa espléndido, brillante.
Gran conversador, Ramiro se divertía interrumpiendo la tertulia con la entonación de una zarzuela, aunque su mayor predilección estaba en provocar polémicas con Osiris Troiani, otro discutidor siempre predispuesto a aceptar contrapuntos sobre datos históricos. Ambos jugaban a descubrirse contradicciones y eran capaces de extender el combate hasta la madrugada, girando los argumentos de tal forma que siempre concluían con las posiciones invertidas y la cargada del auditorio. Era un deleite escucharlos.
En Primera Plana me encargaron una sección formidable. Se llamaba “Historia del Peronismo” y consistía en entrevistar a todos los testigos de la época. Mi suerte fue que quienes habían sido ministros y funcionarios de Perón aún estaban vivos, aunque peleados con él porque los había ido desplazando. Esos testigos hablaron hasta por los codos, contando sus gestiones, pero también dándome detalles de cosas imperdibles, que Perón negaba. Esa serie generó infinidad de cartas de lectores, que iban corrigiendo datos y agregando nuevos testimonios que la enriquecían. Con los años me permitieron pulir ese material y editar mis dos tomos de “Historia del Peronismo” que, hasta hoy, nadie se atrevió a corregir.
En medio de un tenso clima, cargado de competitividad cultural, también me tocó armar el equipo de fútbol. Así nació el Pripla y se hizo un partido histórico contra la competencia, que era la revista Confirmado. El resultado final de seis a uno en favor nuestro sepultó la ansiedad de los desafiantes.
Troiani nos contagió dos de sus vicios. Uno eran los cigarros de hoja, otro los baños turcos. Solía pontificar envuelto en gruesos toallones. Emergía entre los vapores del sótano del hotel Castelar como un cónsul romano, que paseaba entre las tinieblas su silueta maciza y una sentencia reiterativa e infalible. Nos decía que “si seguimos serruchando la rama del árbol donde estamos sentados, fatalmente nos vamos a caer”. Esto lo repetía a diario, preanunciando que los embates contra Illia, en medio de tanta conspiración sindical y militar, iban a conducirnos a una dictadura y al cierre de la revista. La infalibilidad se cumplió tal cual y cuando la policía llegó a clausurar Primera Plana, Ramiro intentó corregir el acta del sumario porque había una frase mal redactada. El subcomisario lo frenó:
—¡Usted no toque nada!
—Discúlpeme, son gajes del oficio...

En Panorama, Siete Días y La Opinión

De la aventura de Primera Plana pasé a Editorial Abril, donde trabajé en Panorama y en Siete Días, hasta que aterricé en el diario La Opinión. Allí comprobé que se estaba perdiendo una generación de jóvenes talentosos, pues los veía más interesados en hacer la revolución social antes que el periodismo. Duré poco, discutí con Timerman y me tuve que ir. La pelea por la indemnización fue muy graciosa, porque tuve que tratarla con Abrasha Rotenberg, el socio de Jacobo. Después de discutir un rato, Abrasha me dijo:
—¡Pará un poco con la plata! ¿Quién es el judío acá? ¿Yo o vos?
Le contesté:
—Mis ancestros genoveses inventaron la banca rota y se van a enojar mucho si yo negocio mal. Así que no me asustes con que sos judío, porque yo soy genovés...

En Radio El Mundo

En esos años fuí atrapado también por la radio y a la televisión, donde puse primero la voz y después la cara. Ya no me asustaban fantasmas ni bultos que se menearan, porque tenía experiencia en tratar a los políticos. Entrevistaba a ministros con la misma naturalidad que a jóvenes militantes.
Estuve en Radio El Mundo, en el programa Matinata, y me hice amigo de Silvio Soldán, quien debía soportar mis críticas políticas. Hasta que un día Silvio me alertó:
—Escuchame bien. ¿Vos sabés quienes dirigen esta radio? Son los hermanos Villone...
—¿Y quiénes son?
—¡Son íntimos de López Rega! ¡Así que cortala con las críticas!
EnDerecho a Réplica, por Canal 9, ocurrió algo parecido. Hasta que se acabaron las discusiones políticas y se confiscó el canal.
Apenas subió Cámpora, los montoneros tomaron todas las emisoras, pero nosotros teníamos un seguro en Radio El Mundo. En el noticiero había un peronista y un gorila, que eran viejos amigos, y habían hecho un pacto. Según quien llegara al poder uno de los dos se haría cargo de la situación. Cuando vino un camión con los montoneros, se les anticipó El Moro Víctor Alvarez, peronista de vieja data, y les dijo:
—¡Esta radio ya está tomada! La tomé yo por orden de arriba. ¿Qué necesitan?
—Nada, nada. ¡Ya está muchachos, vamos!
Y se fueron.
El problema del peronismo era que había desatado una guerrilla muy violenta y Perón, una vez en el poder, para impedir que se implantara el socialismo nacional, apeló al nacional socialismo. Parecía sólo una cuestión idiomática, pero como los combatientes no querían cambiar de ideología los mandó matar. Después se murió él y nos dejó a su mujer y a su secretario en el gobierno. Siguió la orgía sangrienta, hasta que llegaron los militares y la multiplicaron. De las radios nos tuvimos que ir todos, porque en lugar de instrucciones daban órdenes. Y el periodismo, ustedes saben, se hace con ideas, no con órdenes.

En Redacción

La valiosa ayuda de mi amigo Coco Salvat —que me prestó tres mil pesos— permitió fundar Redacción, una revista de notas independientes, donde escribieron José Luis Romero, Jorge Gargía Venturini, Ezequiel Gallo, Kive Staiff, Osiris Troiani, Rodolfo Pandolfi, Enrique Pezzoni, Oscar Troncoso, Jorge Araoz Badí, Armando Alonso Piñeiro, Héctor Grossi y muchos otros. Allí se iniciaron Analía Roffo y Pablo Mendelevich, hoy dos estrellas del periodismo en Clarín y en La Nación.
A pesar de ser una revista mensual, dimos una primicia anunciando el triunfo de Alfonsín, cuando todos creían que ganaba Lúder.
Redacción duró treinta años y pude escribir allí mis mejores editoriales. De pronto Alfonsín me nombró presidente de Télam. Duré cuatro meses y me fui a hacer Interpelación, un programa que convocaba a ministros, senadores y diputados, hasta que subió Menem y lo levantó. Pero me dieron la oportunidad de entrar a Polémica en el Bar, la creación de Gerardo Sofovich, donde por defender a Alfonsín se empezó a creer que yo era radical.
Finalmente, se abrió una puerta importante en mi vida, como es la del diario La Nación, donde puedo publicar todo lo que pienso y donde recibo muchos, muchísimos mensajes y mails que me reconfortan y que agradezco.
Confieso que he vivido una gran aventura con el periodismo. Y que la volvería a vivir con los mismos compañeros de trabajo. Esto me permite hoy ser un académico del periodismo. Voy a ocupar el sillón de José Varas, quien nació en 1855 y murió en 1910, en el año centenario. Su aventura fue mucho más sencilla que la mía, porque Varas fue siempre el cronista parlamentario del diario La Nación.
Varas fue el primer presidente del Círculo de la Prensa, esa noble institución que ya ha desaparecido. Su vida se desarrolló en una Argentina más fácil, donde los gobernantes respetaban a la prensa y la prensa a los gobernantes. Un país donde la vida de las personas también era digna de respeto.
En cambio hoy tenemos un Presidente que no quiere conferencias de prensa, que les tiene miedo porque desconfía del periodismo. En realidad odia a los periodistas. Y eso no es lo mejor para este oficio tan apasionante.
Señoras y señores, les agradezco mucho que hayan estado esta noche aquí. Y a la Academia, mi más sincero respeto y agradecimiento.

 

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