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La Academia Nacional de Periodismo realizó sesión pública para incorporar al Sr. Héctor D’Amico como Miembro de Número el 23 de junio de 2005. El discurso de recepción fue realizado por el Dr. José Claudio Escribano.

Presentación
José Claudio Escribano

Hablar de Héctor D’Amico es para mi hablar de un amigo con quien comparto desde años muchas horas diarias de trabajo. Otro tanto sucedió con el colega trágicamente desaparecido en abril de 2002. La vocación de Germán Sopeña por la inmensa geografía patagónica fue un vínculo más entre D’Amico y él y de ellos dos con el diario fundado por Mitre en 1870.
Agradezco a mi compañero de tareas periodísticas el requerimiento de que tenga a mi cargo su presentación en sesión pública en la institución que lo recibe con beneplácito. D’Amico tiene acreditada una larga y sólida trayectoria en la prensa argentina. En La Nación y en revistas como Somos, Siete Días y Noticias, en la que ejerció la dirección.
Hay dos ciclos en su faena como miembro de la Redacción de La Nación. En la primera, como redactor, descolló en las páginas de la revista dominical. Recuerdo con particular admiración alguno de sus reportajes, como el que realizó en un santiamén al gran dramaturgo Arthur Miller. La segunda etapa comenzó con la asunción de importantes funciones jerárquicas hasta llegar al actual cargo de secretario general de Redacción. Esta posición había sido ocupada entre 1935 y 1950 por uno de los hombres cuya personalidad más me ha impresionado entre todas la que he tratado de manera directa en la vida pública argentina. Me refiero al doctor Juan Santos Valmaggia.
D’Amico ha elegido, como tema de su disertación, “La Patagonia de Sopeña”. Desde la mirada abarcativa de un historial de 135 años eso es también disertar sobre “La Patagonia de La Nación”. Germán Sopeña fue el continuador entusiasta, brillante y audaz hasta la muerte de un territorio excepcional por su ubicación estratégica en el Atlántico Sur. Un territorio de bellezas incomparables, de una riqueza esencial para el desenvolvimiento argentino y su proyección hacia el futuro, sea por los minerales y su procesamiento industrial, la energía, la ganadería, los frutales, el turismo, la pesca afirmada en la base de sus puertos profundos…
Esa grandeza fue intuida por el genio del general Julio A. Roca. Hoy, no sin estupor, observamos cómo se pretende ignorar al general Roca y abatir su figura, incólume en la historia grande del país, como se pretende a veces desmerecer, por razonamiento y pasiones facciosas, a instituciones que han gravitado en la construcción del país y en la afirmación de sus valores culturales más definitorios. En la evaluación exacta de lo que significaban las tierras australes derivadas del antiguo dominio español en América, Roca y Mitre estuvieron de acuerdo. Dos hombres que disintieron como ellos en tantas importantes cuestiones públicas de su tiempo, hallaron, sin embargo, en la Patagonia uno de sus puntos de crucial coincidencia.
Se ha escrito mucho sobre la amistad de Mitre con el perito Francisco Moreno, sobre el aliento que aquél ofreció a éste para exploraciones decisivas en un territorio desconocido hasta entonces por el hombre blanco y de qué manera se abrieron las páginas de La Nación para las descripciones con las cuáles Moreno registró, con rigor científico, lo que iba encontrando en su intrépida marcha por la Patagonia.
Menos se sabe, en cambio, que La Australia Argentina, la obra notable de Roberto J. Payró, tuvo su origen en una iniciativa del mismo diario que vinculó a D’Amico con Sopeña.
Mitre estimuló a Payró a realizar el viaje que coronaría con una publicación seriada de sus observaciones y cuyo conjunto, llevado después al libro, hubiera bastado, él solo, para la consagración definitiva del escritor nacido en Mercedes pero reconocido a partir de su actuación periodística en Bahía Blanca. La Australia Argentina se publicó primero como folletín en las páginas de La Nación a la usanza de lo que ocurría en el siglo XIX con otras realizaciones literarias llamadas a suscitar fuerte interés popular.
Mitre y Payró habían acordado que lo que después se conocería como “La Australia Argentina” fuera un vasto reportaje, una constatación amplia de todos los datos e impresiones del viajero que sirvieran para dar idea de lo que eran las tierras y las costas del extremo sur del país, “sucediéndose en ameno contraste –adelantó alguna vez La Nación– la página descriptiva al dato estadístico o la crítica administrativa”. También hacía saber La Nación que el libro finalmente editado en 1898 debería ser el comentario de un mapa geográfico hasta ese momento mudo o una suerte de toma de posesión, en nombre de la literatura, de un territorio casi ignorado, que ya formaba parte de la soberanía argentina, pero que todavía no se había incorporado a ella para dilatarla y vivificarla.
Es esto lo que ha hecho La Nación, con su prédica incesante, desde los primeros números. En la explicitación de ese espíritu tuvo por intérpretes elocuentes, como es natural, a Moreno y Payró, pero también, entre muchísimos otros exponentes de diferentes generaciones de redactores, a Sopeña y a aquél gran jefe de Editoriales que fue Luis Mario Lozzia, quien como periodista y escritor se consagró a exaltar la significación de la ruta 40, llamada así desde que Vialidad Nacional dispuso, en 1935, identificar las arterias troncales del país desde el número uno al cincuenta. También la Patagonia ha estado en innumerables ocasiones presente en los trabajos profesionales de quien se incorpora a la Academia Nacional de Periodismo. ¡Cómo no iba a estarlo, si D’Amico es hijo de Allen, ese poblado del Valle del Río Negro, parte de una franja privilegiada de la tierra que está, por su decisión, en el centro del acto que nos convoca...!
Los medios de prensa articulan pueblos y comarcas. Figura entre sus misiones más nobles la de preservar y ennoblecer la identidad de una Nación, como lo hacía en el vuelo final Germán Sopeña, como lo hace Héctor D’Amico ahora con el tema que ha elegido para su exposición.
Lo recibimos con brazos abiertos y disponemos nuestra atención para escucharlo. Gracias.

 

La Patagonia de Sopeña

Quiero agradecer a los miembros de esta Academia por haberme aceptado como a uno de los suyos y permitirme ocupar el sillón Bernardo Monteagudo. Pero quiero darle muy especialmente las gracias a Claudio Escribano por el afecto de sus palabras y porque fueron su iniciativa y su generosidad las que hicieron posible mi incorporación.
Decidí hablarles esta tarde de un colega, contemporáneo nuestro, cuya existencia inquieta y apasionante y cuyos meritos notables en el ejercicio del periodismo no son ajenos a la mayoría de las personas aquí reunidas.
La razón por la que voy a ocuparme de Germán Sopeña, en un ámbito tan apropiado como el de esta Academia, de la cual formó parte, es que me pareció oportuno rescatar y compartir con ustedes una de las ideas más inspiradoras, fundamentadas y a mi entender entusiastas que nos ha dejado en su múltiple condición de periodista, viajero, estudioso de las ideas políticas y económicas, docente, montañista de alma y, sobre todo, de hombre interesado por los asuntos públicos del país y por las razones que mueven la rueda del progreso.
La idea a la que me refiero es la de la Patagonia posible. Es una visión integral de la región menos conocida por los argentinos y de su verdadero potencial de desarrollo, una suerte de hoja de ruta que elaboró pacientemente Sopeña a lo largo de veinte años de exploraciones en forma de textos periodísticos, conferencias, libros y muestras fotográficas. El suyo fue un verdadero acto de fe en la Patagonia, sustentado en el conocimiento, la investigación y el esfuerzo. No es un legado menor en una sociedad que con asombrosa liviandad acepta, casi como hábito, poner en duda su destino nacional y por lo tanto la posibilidad misma de alcanzarlo o de merecerlo.
Antes de avanzar en el tema, me parece útil aclarar que Sopeña fue un hombre que practicó la transversalidad mucho antes de que la política local la descubriera con el propósito evidente de utilizarla como un instrumento de acumulación de poder. Para él, la transversalidad tenía un sentido muy diferente. Era la manifestación de un espíritu amplio, curioso, guiado por la convicción de que la diversidad nos enriquece y nos asiste para que seamos más ecuánimes a la hora de expresar nuestras opiniones y nuestros juicios.
Por eso mismo no entendía el debate como un duelo de argumentos, como un rudimentario ejercicio de avasallamiento intelectual. Lo aceptaba siempre como la actitud civilizada del que no aspira a otra recompensa que la de razonar con el otro.
Cuatro o cinco apuntes biográficos anotados aquí sin otro rigor cronológico o temático que el que con frecuencia nos impone la memoria me ayudarán a retratar mejor a este colega en cuyo carácter, como dije, convivían en armonía la diversidad, la multiplicidad y la simultaneidad. Veamos.
Sopeña, por citar una de sus tantas experiencias como viajero, recorrió la ex Unión Soviética de un extremo a otro en el legendario Transiberiano, pero, como buen entusiasta y experto en los ferrocarriles que era, antes de abordarlo tomó una precaución que le permitió vivir y disfrutar de una manera diferente la aventura de viajar ocho días con sus noches en un tren que atraviesa los Urales, la estepa siberiana, el desierto de Gobi y Mongolia. A diferencia de lo que hace la mayoría de los turistas extranjeros, evitó el ramal más conocido, el que une a Moscú con Vladivostok. Se subió en cambio al otro convoy, el que recorre varios miles de kilómetros por territorio ruso pero luego cambia de rumbo, se dirige hacia el Sur y cruza la frontera con China para arribar, exhausto pero triunfal, a la enorme estación terminal de Pekín. Este simple cambio de planes y de itinerario lo recompensó, a mediados de los años setenta, con comodidades más próximas al mundo de los zares que a la rígida austeridad del comunismo todavía reinante. Al ser de construcción china y no rusa, su camarote contaba con ducha individual, paredes tapizadas en pana verde, samovar, salón de lectura y puertas y ventanillas trabajadas en madera laqueada. La milenaria pared infinita de la Gran Muralla, serpenteando a la distancia y ocultándose de pronto tras las montañas, es la última gran sorpresa que le depara ese viaje inolvidable que con tanta naturalidad combina cierto confort extravagante con paisajes exóticos capaces de cautivar los sentidos y el alma.
Aficionado desde siempre al automovilismo deportivo, cubrió como periodista carreras de Formula Uno por todo el mundo, encontró tiempo y paciencia para restaurar sus propios autos y compitió en dos ediciones de la Mille Miglia, la célebre carrera que reúne cada año en Italia las marcas y los modelos más admirados de todas las épocas.
Buen lector de textos de estrategia militar, aplicó sus conocimientos en numerosas crónicas, entre ellas, las que redactó como enviado especial a la guerra entre Irán e Irak que causó más de un millón de muertos. En una de ellas, fechada en la caótica Bagdad, rescató una vieja definición sobre los periodistas que resulta muy oportuna en cualquier crónica escrita desde el frente. Dice así: el periodista es esa extraña clase de persona que siempre quiere entrar al lugar del cual todos quieren salir.
Entrevistó en Londres a uno de los pensadores que más admiraba, Karl Popper, y en París, a Raymond Aaron, a quien consideraba un intelectual profundo, valiente y profético. Toda vez que alguien le preguntaba cuál había sido el libro que más había influido en su vida la respuesta invariable era “1984”, de George Orwell.
Sopeña escaló el Aconcagua; obtuvo títulos de posgrado en el Instituto de Ciencias Políticas de París y en la universidad de La Sorbona; tomó clases de guitarra con el gran músico de jazz Oscar Aleman; se las ingenió para entrevistar a Julio Cortázar y a Stéphane Grappelli como a él más le gustaba, es decir, a bordo de un tren; exploró glaciares en la Cordillera y en los Alpes; fue uno de los primeros periodistas a los que las autoridades francesas autorizaron a viajar sentado junto al conductor del TGV a una velocidad de 300 kilómetros por hora; voló en el Concorde cuando el Concorde era todavía aquella maravilla del diseño y la tecnología que iba a transformar para siempre el futuro de la aviación comercial.
En los ocho años en que fue corresponsal en Europa utilizó un total de 18 billetes Eurailpass: es el parámetro que ratifica su condición esencialmente itinerante, eso que los grandes viajeros del imperio británico diagnosticaron en su momento como “la anatomía de la inquietud ”.
El entusiasmo de Sopeña por actividades en apariencia tan alejadas de su profesión hizo inevitable que con el tiempo entre sus amigos uno pudiera reconocer geólogos, diplomáticos, directores de museos, analistas de economías en default, guías de alta montaña, políticos o biólogos marinos aplicados a tareas tan especificas como el estudio de la ballena franca austral.
Ahora bien, hay un aspecto notable en la trayectoria de este periodista prolífico, siempre calmo pero siempre en movimiento, y es la manera intensa, íntima diría, en la que su nombre ha ido quedado asociado en la memoria de tanta gente con la imagen de la Patagonia. Me atrevo a afirmar, sin ánimo de propiciar un debate entre los colegas aquí presentes, que, con los años, la mención de Sopeña va a seguir siendo sinónimo de periodismo de excelencia, pero de una manera insoslayable y creciente va a remitir sobre todo al inmenso y mágico territorio que se extiende más allá del río Colorado.
De hecho, si ustedes se toman el trabajo de ingresar en alguno de los principales buscadores de Internet, van a encontrar no menos de doscientas entradas referidas a él. La mayoría está vinculada con sus artículos, conferencias y crónicas de sus expediciones a la región austral y dos de sus libros. Uno es “La Patagonia Blanca”, que reúne los testimonios de sus viajes a la zona de los Hielos Continentales y de los grandes glaciares. El otro, “Monseñor Patagonia”, es la biografía del sacerdote salesiano Alberto De Agostini, un explorador extraordinario y pintoresco que en la primera mitad del siglo pasado recorrió el Sur durante cuarenta años preocupado por la desaparición de las culturas aborígenes. Sopeña escribió este libro como un homenaje y para rescatarlo de esa forma de ingratitud colectiva que es el olvido o el desconocimiento liso y llano de lo que han hecho los pioneros por nuestro país.
Al igual que Charles Darwin, Antonio de Viedma, Thomas Bridges, el padre José Fagnano, Tomás Falkner o Robert Fitz Roy, Sopeña fue sensible a la poderosa atracción de la aventura en los paisajes majestuosos, vacíos, silenciosos, de una tierra sin límites a la que un viajero francés describió, con acierto y poesía, como “el vértigo horizontal”.
Tan fuerte fue ese vínculo que realizó más de veinte viajes por la Patagonia y recorrió unos cien mil kilómetros en balsa, avión, helicóptero, en esquí, a caballo, en vehículos cuatro por cuatro o caminando fatigosamente en el hielo sobre grampones ajustados a sus botas.
Guiado por su sentido práctico –otro rasgo notable de su personalidad- comprendió enseguida que no bastaba con escribir crónicas impecables de sus expediciones a los confines de un país suspendido en el extremo del hemisferio sur. Tampoco con ser el nexo habitual, muchas veces desde la portada del diario, entre los lectores de La Nación y las aventuras que vivía en la geografía que más lo sedujo y que mejor comprendió.
Estaba convencido de que para poder prosperar un país exige, como condición ineludible, un alto grado de entendimiento entre la reflexión y la acción en sus habitantes, sobre todo entre sus líderes. Y obró en consecuencia. A su manera, fue un entusiasta militante de la conducta que proponía el filósofo Henri Bergson quien aconsejaba a sus discípulos: “Piensa como un hombre de acción y actúa como un hombre de pensamiento”.
Al releer sus artículos periodísticos y las conferencias que dio en el país y en el exterior se hace evidente que se había impuesto una misión de largo alcance.
Hay en sus textos una intencionalidad que va más allá del goce de explorar lugares extremos muchos de los cuales, dicho sea de paso, continúan siendo desconocidos para la mayoría de sus compatriotas. ¿ O acaso significan algo para nosotros muchos sitios que exploró, como Koluel Kayke, Piedra Clavada, Cañadón de los Fósiles, Los Altares, Paso del Diablo o Río de las Vueltas?
En su estrategia por entender y comunicar sus conocimientos al gran público estudió en archivos, museos y bibliotecas y consultó a especialistas de todo el mundo para comprender cuáles habían sido las causas que impedían un mayor desarrollo del Sur. Después, convirtió a la Patagonia en un gran teatro de operaciones en el que se internaba toda vez que podía hacer un alto en su intensa actividad al frente de una de las redacciones periodísticas más exigentes de la Argentina.
Sopeña no se preguntó por qué tanta riqueza potencial y tanta belleza evidente no se habían transformado en Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Su formación cartesiana lo impulsó a buscar respuestas.
Escribe entonces sobre la necesidad de reconstruir el abandonado sistema ferroviario patagónico y enumera las tremendas consecuencias económicas, demográficas y sociales que tuvo la desaparición del tren. Muchas de estas reflexiones las incorpora en un libro que titula “La libertad es un tren”, un magnífico ejemplo del género de las crónicas de viaje.
Alerta en sus notas sobre la importancia estratégica de las reservas de agua dulce de los glaciares, lagos y ríos cordilleranos, una de las más grandes del planeta.
Utiliza todos los recursos de los que dispone como periodista, incluyendo encuentros personales con presidentes y ministros para que, de una buena vez, se termine de asfaltar en toda su extensión la ruta 40, la gran columna vertebral del país a lo largo de la cordillera.
Promueve junto con Parques Nacionales y la Fundación Vida Silvestre, de la cual forma parte, la creación de nuevas áreas protegidas, entre ellas Monte León, la reserva más nueva de la Argentina.
Presenta ante la opinión pública un proyecto de características revolucionarias y polémicas que fue puesto en marcha en Francia y obsesiona a uno de sus amigos montañistas: la creación de una formidable barrera forestal de cien kilómetros de ancho por 2000 kilómetros de largo, que atraviese la Patagonia desde el Valle de Río Negro hasta el estrecho de Magallanes y que permita incorporar enormes extensiones de tierra a las áreas cultivables.
Viaja 2400 kilómetros, hasta el sur de Santa Cruz, para rescatar una exitosa y desconocida epopeya agraria del pasado que, imagina, puede inspirar a los productores del presente. Es el caso de la estancia La Julia, una propiedad de 20.000 hectáreas, en la cual un inmigrante italiano, Antonio Menotti Bianchi, logró a comienzos del siglo pasado algo que parecía imposible en una latitud tan extrema: excelentes cosechas de durazno, pera, uva, manzana y trigo. Reconstruye la historia de La Julia, narra cómo fueron emparejadas verdaderas montañas de arena, cómo se abrieron canales de riego y desagües, cómo se hizo crecer un bosque de quinientas hectáreas entre los médanos para que protegiera los sembrados de la furia del viento y cómo la tenacidad de un puñado de hombres consiguió domar al desierto. Pero su mensaje está siempre en tiempo presente. “Se hizo una vez –escribe-- y puede repetirse en diez, cincuenta o cien lugares.”
Sopeña creía que en el periodismo no hay historias pequeñas: en todo caso, hay periodistas que no están a la altura de la noticia que les asignaron. Para él, claridad y precisión, además de una exigencia propia del oficio, son también una forma de cortesía con el lector. Le gusta, como a Stendhal, que hasta el menor detalle de la crónica sea siempre exacto. Como Ryszard Kapuscinski, sabe que cualquier inconsistencia contamina a toda la página, le confiere un carácter de vulnerabilidad que termina por ahuyentar al lector.
El comentario viene a cuento de una polémica que tuvo lugar a mediados del año 2000, en Puerto Lobos, un paraje solitario, condenado hoy a la categoría de pueblo fantasma, que está sobre el viejo trazado de la ruta 3, justo en el límite entre Chubut y Río Negro. La noticia que llegó a la redacción era que los pobladores del lugar y algunos funcionarios discutían acerca de a cuál de las provincias pertenecía Puerto Lobos. Como en toda disputa de pago chico abundaban las opiniones y escaseaba la información. Sopeña envió entonces al lugar a un redactor experimentado, un buen notero, como decimos en la jerga, que escribió una crónica divertida, ágil, con mucho color, testimonios balanceados, algunos datos históricos y una atractiva descripción del lugar. El mismo día en que se publicó la nota Sopeña le preguntó: “¿Pero decime, al final, a quién pertenece Puerto Lobos?”. El redactor contestó con toda naturalidad: “Ah bueno, eso nadie lo sabe”. Un mes más tarde, en una de sus frecuentes escapadas al Sur, Sopeña hizo un alto en Puerto Lobos. Se paró frente a las ruinas del único hotel que había conocido el pueblo y sacó de su mochila varios mapas y un GPS, un instrumento de navegación satelital que informa con precisión extrema la posición de la persona que lo tiene en la mano. Entonces leyó: 42 grados, 00 minutos, 02,9 segundos latitud sur. Es decir, estaba parado 2,9 segundos al sur del paralelo 42, que desde el año 1884 se lo considera la frontera entre las dos provincias. Al día siguiente La Nación publicó, con su firma, un artículo que puso fin al misterio y la polémica. El título decía: “Puerto Lobos está en Chubut, por más que haya reclamos”.
Para un hombre con su capacidad profesional y sus convicciones, la disputa limítrofe con Chile en la zona de los Hielos Continentales fue una oportunidad excepcional. Al ser el único periodista que se atrevió a recorrer a pie esa inhóspita región –y lo hizo en momentos en que las negociaciones parecían no conducir a ninguna parte-, tuvo una perspectiva inmejorable de la geografía que dio lugar al diferendo histórico. Su situación privilegiada la expuso en una de sus crónicas con la siguiente pregunta. “¿Cómo se ve el tan debatido litigio fronterizo con Chile por los hielos continentales cuando uno se encuentra precisamente parado sobre los glaciares en cuestión?”
Con la asistencia de dos guías profesionales y sin más protección que la que puede ofrecer en el vasto desierto helado una carpa de ochenta centímetros de altura, se lanzó a una aventura que le permitió redactar crónicas extraordinarias. Los lectores de La Nación reconocieron fácilmente en ellas la pasión del cronista, del amante de las fronteras remotas y del hombre preocupado y ocupado por disputas limítrofes que durante todo el siglo XX amenazaron con empujar a los dos países a la guerra.
Mientras espera encerrado en la carpa a que la meteorología le dé una oportunidad, anota en su libreta. “Afuera ruge el viento más salvaje que yo haya conocido. Son aludes invisibles que bajan desde el filo montañoso cuyo nombre no puede ser más adecuado: Paso del Viento. Las trombas de aire helado sacuden los oídos y estremecen el corazón en ráfagas con un cierto ritmo que llegamos a adivinar luego de tres días de repetición incesante. Arrancan allá arriba, se anuncian primero como un trueno distante y sabemos que pocos segundos después pasarán, a 150 o 200 kilómetros por hora, como si el mundo se viniera abajo. Adentro estamos protegidos y en vida latente gracias a un pequeño calentador a gas.”
Sopeña abandona la región de los hielos con la sensación de que ha cumplido sólo una parte de la misión. Con la asistencia de sus mapas, que son copia fiel de los mapas históricos que están en poder de los dos estados, habla con los presidentes y los cancilleres de la Argentina y de Chile, con legisladores de uno y de otro lado de la Cordillera, con geógrafos y expertos en el comportamiento de glaciares y acepta, finalmente, la solución de la línea poligonal, que menciona en sus artículos como “la absurda poligonal”. Al final, convencido de que se trata de un acuerdo basado en el mal menor, escribe: “Nos guste o no lo resuelto, lo que corresponde es acatar la ley y dar por cerrada para siempre la cuestión aunque nos duela profundamente”. En sus prolongadas argumentaciones en ambos lados de la cordillera jamás aceptó que un conflicto armado pudiese esgrimirse como una alternativa válida para Chile o la Argentina.
Borges observó en un ensayo sobre Kafka que cada escritor, cada hombre, crea a sus precursores.
Sopeña, como ustedes saben, sentía una profunda admiración por el perito Francisco Pascasio Moreno cuya inmensa tarea como científico, explorador, naturalista, experto en límites y hombre de Estado le pareció siempre una fuente estimulante y llena de sorpresas para las nuevas generaciones, uno de esos visionarios a los que siempre es aconsejable volver.
Sopeña lo recordó en esta misma sala, el 8 de junio de 2000, en la que fue la primera incorporación pública que hizo esta Academia. Comenzó su disertación destacando una de las facetas menos conocidas de Moreno, la del periodista que difunde sus extraordinarios descubrimientos en periódicos y revistas científicas del país y de Europa utilizando sus propios textos, diagramas, mapas y fotografías. Después nos ilustró, entusiasmó en verdad, con un relato digno de una película de acción acerca de lo que fue esa vida de leyenda. A los 15 años -nos dijo-, Moreno ya había reunido una colección de fósiles y restos óseos lo suficientemente importante como para llamar la atención del presidente Sarmiento. A los 21, fue uno de los fundadores de la Sociedad Científica Argentina. Por entonces ya se había ganado la confianza y se carteaba con el célebre científico francés Paul Brocca, el descubridor de las diferencias entre los hemisferios cerebrales. Dos años más tarde regresaría de su primera gran exploración de la Patagonia cargado con restos geológicos, paleontológicos y arqueológicos, incluyendo una valiosa momia que aún se conserva en el Museo de la Plata. Tal vez uno de los méritos mayores de Moreno, nos dice, fue haber sido el astuto y perseverante negociador que consiguió, por la solidez de sus argumentos, que el arbitraje de la Corona británica le diera la razón en 1902 en la larga disputa que nuestro país mantenía con Chile por los límites fronterizos.
Sopeña recordó, además, que Moreno había sido capturado por primera vez por los hombres de Shaihueque, el cacique del País de las Manzanas, y que escapó en una acción tan heroica como desesperada cuando pretendían canjearlo por prisioneros indígenas capturados por el ejército argentino al mando del general Conrado Villegas, un militar tan osado en el entrevero del combate que hasta los aborígenes lo apodaban respetuosamente “El Toro”.
Moreno fue el primer hombre blanco que llegó hasta el lago Nahuel Huapi, uno de los primeros en remontar el río Santa Cruz desde el Atlántico hasta su nacimiento y el que bautizó, entre otros lagos, el San Martín y el Argentino. En una oportunidad salvó su vida de milagro junto a un río al ser atacado por la espalda por un puma hembra que confundió su abrigo de piel de guanaco con un guanaco verdadero. A raíz del incidente, bautizó al río con el nombre de La Leona y con el correr del tiempo todo el paraje fue conocido, como hasta hoy, como Paso la Leona.
Moreno escapó por segunda vez de los indios en febrero de 1880. Para evitar que lo siguieran, borró las huellas atando su poncho a la cola del caballo. Galopó a marcha forzada durante días, primero hasta Carmen de Patagones, luego a Bahía Blanca, después hasta Tandil, donde dio aviso sobre la inminencia de un malón numeroso. Las autoridades no le hacen caso: llegan a la conclusión de que sus dichos no son otra cosa que la creación afiebrada de un hombre que ha estado cara a cara con la muerte. Moreno sigue viaje hasta Las Flores, donde llegaba la punta de rieles. Esa misma semana, Tandil quedó semidestruida por un malón descomunal que provocó centenares de víctimas y robó cientos de miles de cabezas de ganado.
La historia, la verdadera historia, teje a veces simetrías asombrosas. Las teje en el espacio y en el tiempo y, en algunas circunstancias, de un modo extrañamente familiar.
A mediados del año 1899, el Perito Moreno fue invitado a exhibir las fotografías de sus expediciones a la región austral y a dar dos conferencias sobre sus notables descubrimientos en la sede de la Royal Geographical Society, en Londres. Fue, sin duda, su coronación internacional como gran especialista en la Patagonia. El encargado de presentarlo en aquella ocasión fue el mayor George Darwin, hijo del gran naturalista inglés, quien le entregó al finalizar el encuentro la medalla de oro de la organización, una de las más apreciadas en el mundo de los grandes exploradores.
Un siglo más tarde, el 4 de abril de 2001, el invitado a disertar en la Royal Geographical Society fue Germán Sopeña. Expuso numerosas fotografías que tenían un valor muy especial, como es el de haber sido tomadas en los mismos lugares y desde las mismas perspectivas que había elegido Moreno en sus viajes. Sopeña dictó una verdadera clase de geografía comparada sentado en el sillón que había ocupado antes Moreno. Esta vez, entre las setecientas personas que colmaban el auditorio estaba Camilla Darwin, experta en finanzas, tataranieta de Charles Darwin, el autor de “Sobre el origen de las especies”, y bisnieta de George Darwin, el hombre que había tenido la misión de presentar a Francisco Moreno.
Sopeña murió veinticuatro días después de disertar en Londres al estrellarse el avión que lo llevaba rumbo al Sur junto a un grupo de amigos, entusiastas todos de la Patagonia. Fue en la madrugada de un sábado. Al día siguiente debían rendir un homenaje y colocar una placa en Punta Bandera, en la orilla norte del lago Argentino, el sitio exacto donde Francisco Moreno izó la bandera argentina como símbolo de soberanía. Jamás sabremos si la fascinación por la Patagonia volverá alguna vez a hermanar a otras dos personas en el éxito y en la desdicha como lo hizo con Moreno y Sopeña.
Quiero terminar, si me permiten, con un breve comentario de orden más bien personal. Me refiero al significado último que tal vez tenga este encuentro que hoy celebramos al amparo de la Academia Nacional de Periodismo, de sus autoridades y de las diferentes generaciones que ha conseguido reunir en su corta existencia.
Resulta halagador imaginar –y no necesariamente incorrecto- que este acto es la prolongación de un diálogo que iniciaron hace mucho tiempo otros hombres y otras mujeres que compartían una cultura, un lenguaje, un territorio, tal vez una patria y adherían a los mismos ideales y valores, aunque seguramente con diferente fervor. Este encuentro ya ha ocurrido en la antigüedad junto al fuego, en una plaza de aldea, o quizás en otra academia. Somos los continuadores de uno de los ritos más arraigados de la especie. Hacemos un alto para dar testimonio de quienes nos precedieron en el oficio que hemos elegido. En momentos de duda, las tribus del desierto vuelven su mirada hacia los mayores y hacia las tradiciones orales en busca de argumentos que les sirvan de inspiración para el desafío de mañana. Nosotros estamos aquí reafirmando nuestra orgullosa pertenencia a una profesión que, si aceptamos como cierto lo que sugiere un viejo y respetado director de diarios de México, Jorge Villegas, es “tan buena y tan antigua que fue iniciada por un grupo de periodistas llamados Mateo, Marcos, Lucas y Juan”.
Nos guía la historia, es cierto, pero también la necesidad.
Es el puro instinto evolutivo el que nos empuja a aprender de nuestros antecesores y a divulgar su obra entre quienes continuarán la tarea.
Al evocar a Sopeña no hacemos otra cosa que recordar dónde está el norte.
Muchas gracias.

 

HÉCTOR D'AMICO

 

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