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La Academia Nacional de Periodismo realizó sesión pública para incorporar al doctor Gregorio Badeni como Miembro de Número el jueves 27 de octubre de 2005. El discurso de recepción fue realizado por el Dr. José Claudio Escribano.
Presentación
José Claudio Escribano
No hay otro jurista con trayectoria más extensa y específicamente aplicada al estudio de las cuestiones vinculadas con el ejercicio de la libertad de prensa en la Argentina que el doctor Gregorio Badeni.
Me honra y me halaga la circunstancia de tener que presentarlo en la sesión pública de su incorporación a la Academia Nacional de Periodismo. Recuerdo la feliz coincidencia de que en algún momento de los años ochenta otro maestro del Derecho, Alberto Spota, hubiera intervenido para relacionarnos y que esto derivara en el comienzo de una colaboración valiosísima, que se prolonga hasta estos días, del doctor Badeni con la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas, de la que es asesor.
A pesar de los años transcurridos desde que pude aquilatar de manera personal la versación jurídica y el compromiso vigoroso de Badeni con el sistema de valores sobre los que se articula la defensa de un periodismo libre, debo decir que nuestro flamante académico sigue sorprendiéndome de manera admirativa.
No se trata sólo de las aptitudes de quien se desplaza con destreza entre el Derecho Constitucional, el Derecho Administrativo y otras áreas concretas de la teoría y la doctrina jurisprudenciales y se manifiesta compenetrado tanto de las corrientes del pensamiento occidental más afirmadas en el Derecho como de las escuelas que procuran renovar esta disciplina esencial del Humanismo. Se trata, también, de la desbordante capacidad de estudio y de trabajo, del infatigable trajín que le ha permitido estar siempre a disposición de quien requiera su concurso a fin de oponer un alegato eficaz al maltrato del derecho cívico a expresarse sin trabas. Se trata, de igual forma, de la velocidad con la cual una enjundiosa respuesta del doctor Badeni ha estado invariablemente a disposición del medio de comunicación o del periodista que haya acudido a él en consulta por hechos que importaban un desmedro de preceptos consagrados en la gran Constitución liberal de 1853-1860.
Tres veces académico -primero, de Ciencias Morales y Políticas, de la que es presidente; luego, de Derecho y Ciencias Sociales, y ahora, de Periodismo- la versación jurídica de Badeni llamó la atención desde que presentó, siendo muy joven, la tesis titulada “La opinión pública” para su doctorado en Derecho. El tribunal examinador, integrado por las relevantes figuras de Juan R. Aguirre Lanari, Germán Bidart Campos y Alberto Rodríguez Galán- calificó la obra de diez sobresaliente y la recomendó al Premio Facultad. El tribunal se fundó “en la originalidad de los puntos de vista desarrollados, la precisión con que han sido expuestos, los sólidos fundamentos donde existe una apreciación personal que se advierte a través de las citas y de las críticas que formula a alguna de ellas, así como por una metodología de rigor científico que permite la visión integral del tema y un análisis exhaustivo del mismo”
La incorporación a la Academia Nacional de Periodismo de este catedrático universitario, experto en cuestiones constitucionales y que ha llevado al libro, como parte de una profusa obra intelectual, las pormenorizadas reflexiones contenidas en el “Tratado de libertad de prensa”, reconforta a sus pares ante los nuevos riesgos que acechan a la plenitud de la libertad de expresión en la Argentina. Pocas voces más apropiadas, pocas perspectivas más enriquecidas por el dominio vasto de todos los temas legales concernientes al periodismo, que las de quien hoy recibe nuestra bienvenida cálida.
Hay, por parte de poderes públicos, incomprensión y desconfianza respecto del papel que debe cumplir la prensa, sea libre o partidaria, doctrinaria o meramente informativa. Una Justicia con algunos bolsones de adocenamiento camaleónico, que cambia de coloratura al vaivén de los vientos políticos –y aun antes, porque si algo le sobra es un sentido perverso de la orientación-, se ha prestado más de una vez a un juego siniestro con la prensa y sus protagonistas. El objetivo último de estas prestaciones ha sido degradar la credibilidad pública del periodismo incómodo para los gobernantes de turno.
Cuando los gobiernos se caracterizan por la intolerancia, la prensa opositora irrita y la prensa independiente desconcierta. Y es más: al ser ésta renuente a las seducciones, se la adscribe a las filas descalificables de la oposición, como si no fuera legítimo en una democracia constitucional tener, después de todo, ideas, sentimientos e intereses distintos –e, inclusive, a contramano- de los de una mayoría circunstancial. Nada digamos de lo que sucede en las dictaduras marxistas, populistas y teocráticas de antigua y de reciente aparición en el mundo, pero con historial común en la negación de la prensa libre y en la consideración de que el hombre es instrumento de un destino inmodificable.
Era común en el pasado que los peligros para la prensa provinieran de intentos de asesinato, de arrestos de periodistas o de la disposición de silenciar emisoras o de clausurar diarios, como ocurrió aquel nefasto día de 1950, en que de un plumazo se cerró a más de un centenar de publicaciones en el territorio argentino. Hoy, se han perfeccionado, con procedimientos más sutiles, los métodos para afectar a la prensa rebelde a sujeciones obsecuentes, según se comprueba en tantas partes del orbe. Para eso alcanza con funcionarios y jueces serviciales con gobernantes poco o nada republicanos.
Por añadidura, en tiempos en que las plataformas digitales y los medios audiovisuales han pasado a cumplir papeles relevantes en el mundo de la información y las comunicaciones, en tiempos, digo, en que más que propietarios de medios de masas en los términos del viejo Código Civil hay licenciatarios de un espacio en el bien público que es el éter, el Estado dispone, más que nunca, de instrumentos eficaces para premiar o castigar de acuerdo con las conveniencias facciosas de quienes disponen en su nombre. Esas manipulaciones prebendarias se consuman por medio de regulaciones configuradas a la medida del carácter sinuoso o del carácter complaciente de los beneficiarios.
En una institución fundada para velar por la vigencia plena de la libertad de prensa y de todas las delicadas cuestiones que le son conexas, no dudo de que el doctor Gregorio Badeni seguirá haciendo contribuciones necesarias para la protección del interés general y de los nobles propósitos que justifican la existencia del ámbito que nos congrega. Ahora vamos a escucharlo.
FLORENCIO VARELA: MARTIR DE LA PRENSA LIBRE
I
Agradezco profundamente las generosas expresiones del señor Presidente de esta ilustre Academia, Dr. Bartolomé de Vedia, y la afectuosa recepción que me ha brindado el señor académico Dr. José Claudio Escribano cuyas palabras, inspiradas en su habitual caballerosidad, reflejan un sentimiento de amistad que me honra y retribuyo. También agradezco, expresando mi particular reconocimiento, a los señores académicos integrantes de esta Corporación, por haberme invitado a incorporarme a ella mediante una distinción que me enaltece y que aspiro a justificar con mi conducta en el seno de la Academia.
Gratitud que se acrecienta al permitirme compartir la actividad académica con periodistas ilustres que, cotidianamente, satisfacen el derecho a la información de la sociedad, conforme a las reglas de la probidad, y dando estricto cumplimiento a la ética periodística en resguardo de las instituciones republicanas, y de una convivencia basada sobre los valores humanistas y trascendentes que determinaron el surgimiento de la Nación.
II
Los señores académicos me han conferido el alto honor de ocupar el sillón que lleva el nombre insigne de Juan María Gutierrez. Lamentablemente, hoy día, la mayoría de los argentinos no saben quién fue y qué hizo Juan María Gutierrez. Hasta muchos, no saben que existió. Alguna calle, alguna plaza, alguna cita bibliográfica o algún retrato como con el que se hallaba en el Museo Histórico Naciona1, permiten que su nombre perdure, aunque difícilmente se lo relacione con aquellos que forjaron, hace ya más de 152 años, la unidad nacional. Cuando falleció, en 1878, la personalidad de Gutierrez fue resaltada por sus amigos y admiradores, entre los cua1es cabe citar a Vicente Fidel López, Miguel Cané, Juan Bautista Alberdi y Aristóbulo del Valle. Su memoria fue resguardada por distinguidos pensadores, tales como José Enrique Rodó, Ricardo Rojas, Antonio Sagarna, Juan Luis Lanuza, Juan Antonio Solari, Héctor Lanfranco, Osvaldo Loudet y, más recientemente, por Mario Justo López y Jorge Reinaldo Vanossi.
Juan María Gutierrez fue ingeniero agrimensor y abogado. A lo largo de su vida se caracterizó por su auténtica modestia y sencillez. Poco después de su muerte, Alberdi escribía que “envuelto en su modestia infinita, ha vivido incógnito en su ciudad nativa”, y durante su destierro, Félix Frías le reprochaba esa excesiva modestia considerando que “todos los extremos son malos”.
Su educación, sus maneras y gustos eran, según Alberdi, aristocráticos, sin que ello importara una contradicción con su espíritu republicano. No era contradictorio porque, para ser republicano, no se debe caer en la chabacanería ni en el histrionismo o en la soberbia. El republicanismo impone la virtud y la firmeza en las ideas, cualidades ambas que destacaban a Gutierrez. Ese republicanismo lo impulsó a rechazar en 1876 su nombramiento como miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua, como gesto que reivindicaba la independencia cultural americana que siempre había defendido. Otro tanto al rechazar la condecoración que le había enviado el Emperador del Brasil expresando “en mi pecho republicano sentaría mal una distinción aristocrática”.
Gutierrez, que nació en 1809, conformó la generación del “37”, compartiendo los ideales de Echeverría y Alberdi. Desde los lejanos días del Salón Literario de Marcos Sastre desarrolló su valiosa obra de estudioso y publicista, tanto en Buenos Aires como en Montevideo. Sus colaboraciones periodísticas, sus poemas, sus enseñanzas a la juventud, sus biografías de San Martín, Rivadavia, Juan Cruz Varela, Esteban Echeverría, entre otros, fueron aportes fundamentales para el desarrollo cultural de la República. Esa era su vocación y, así lo demostraba cuando, desde el destierro, le escribía a Alberdi: “nada mejor mi querido Bautista, que encerrarse en un lindo presidio a trabajar en serio, rodeado de niños, es decir de la inocencia, y de libros, es decir de lo bello y de lo grande, único que se puede hallar en el mundo fuera de las maravillas naturales”.
A diferencia de otras grandes personalidades de su época, las penurias y padecimientos no le generaron odio ni resentimiento. No sentía aversiones personales estando siempre dispuesto a recomponer relaciones y amistades como entre Echeverría y Thompson, Alberdi y Florencio Varela, Sarmiento y casi todo el mundo.
Su condición de intelectual en modo alguno fue óbice para que brindara un aporte fundamental en la organización del país. Es cierto que Alberdi fue el padre de nuestra sabia Constitución de 1853, pero también es cierto que Gutierrez, junto a la sapiencia jurídica de Benjamín Gorostiaga, fueron artífices de nuestra organización institucional mediante su activa participación en el Congreso Constituyente de 1853. Como proyección espiritual de Echeverría, Alberdi, de la generación del “37” y de Florencio Varela, fue corredactor de la Constitución de 1853. De esa Constitución que, al ser sancionada el 1 de mayo de 1853, le permitió aseverar con firmeza que ella “no es una teoría como se ha dicho; nada hay más práctico que ella; es el pueblo de la Nación Argentina hecho ley y encerrada en ese código que encierra la tiranía de la ley, única a que yo y todos los argentinos nos rendiremos gustosos”.
En su actuación pública fue ministro del gobernador de Buenos Aires Vicente López y Planes, diputado por Entre Ríos al Congreso Constituyente de Sante Fé, ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación durante el gobierno de Urquiza, diputado al Congreso Nacional por Santiago del Estero, miembro de la convención constituyente de Buenos Aires de 1870/1873 y, durante doce años, Rector de la Universidad de Buenos Aires.
Osvaldo Loudet decía que “fue un sabio exacto, gracias a sus matemáticas; un sabio justo gracias a su Derecho; un sabio poeta, gracias a su sensibilidad”. Repitiendo las palabras de Héctor Lanfranco, que hacemos propias: “Tengamos la esperanza de que el recuerdo de Juan María Gutierrez, el austero patriota que supo vivir a la altura de su vocación, nos acompañará siempre y nos estimulará para que podamos cumplir, en la medida de nuestras posibilidades, aquellos ideales y aquellos deberes, que fueron los suyos y que todos tenemos contraídos con la causa de la República”.
III
El 20 de marzo se cumplió un nuevo aniversario de la muerte trágica de Florencio Varela, a quien Domingo Faustino Sarmiento llamó “el mártir de los mártires argentinos”. La fecha pasó inadvertida. En rigor, ya hace varias décadas que no se brinda el justo homenaje que merece la vida y la obra de Varela. Probablemente, son muchos los que ignoran esa obra y el martirio que padeció Varela en defensa de la prensa libre. Nos atrevemos a sostener que la mayoría de los argentinos, incluyendo a algunos periodistas, no saben quién fue y qué hizo Varela, incurriendo en la falta, grave e injusta, de olvidar a aquellos que no titubearon en sacrificar sus vidas en defensa de sus ideas, del logro del bien común para la sociedad y, en nuestro caso particular, de la libertad de prensa.
Florencio Varela vivió en aquellos tiempos en que, la acción y los ideales, perturbaban las conciencias de los individuos. Cuando, como escribe Jorge Emilio Gallardo, la unidad política del país, era “amasada por intelectuales de espada y charreteras, que escribían poemas y discursos en los intervalos” de la lucha. Cuando las pasiones pato1ógicas se adueñaron de la sensatez desencadenando luchas fratricidas con las cuales, como bien destaca Pacífico Rodríguez Villar, la nación argentina fue tomando cuerpo con la propia sangre de sus hijos.
José Florencio Varela nació en Buenos Aires el 23 de febrero de 1807. Precedió en tres años a Juan Bautista Alberdi, en cuatro a Sarmiento y en catorce a Bartolomé Mitre. Nació cuatro meses antes de concretarse la fallida segunda invasión inglesa de Buenos Aires por las tropas inglesas.
Era el sexto hijo de Jacobo Adrián Varela y de María de la Encarnación Sanjinés. Su hogar, como muchos de esa época, estaba signado por la austeridad y el honor. Valores dominantes en una convivencia familiar y social basada sobre la comunidad de sentimientos, gustos e intereses altruistas que relegaban, a un plano secundario, los beneficios del materialismo hedonista.
La vida austera de los Varela se transformó en pobreza con el nacimiento de Florencio. Ese año, las actividades mercantiles que desarrollaba su padre, sufrieron un sensible deterioro cuando la fragata “Minerva”, de su propiedad, fue confiscada con todo su cargamento por la escuadra inglesa en Montevideo. Nunca se pudo reponer de ese descalabro que, si bien afectó económicamente a su familia, no alteró los valores espirituales que imperaban en ella.
Su entrañable amigo, Juan María Gutierrez, en su biografía de Juan Cruz Varela, hermano mayor de Florencio, escribió que la “herencia de honor y de miseria fue el patrimonio que Florencio Varela recibió al nacer. Su corazón e inteligencia comenzaron a formarse en la escuela de la adversidad, que es la que mejor prepara al hombre para la vida activa en tiempos difíciles”.
En sus memorias, Varela relata que su padre, con amor y paciencia, fue quien le enseñó a leer y escribir, dirigiendo su instrucción hasta que falleció en 1818 después de un larga enfermedad.
A partir de entonces, y ya antes, su madre, Encarnación, procuró por todos los medios a su alcance, que sus hijos recibieran la mejor educación posible. Varela concluyó sus estudios primarios en 1818, y merced a las gestiones realizadas por su madre, obtuvo una beca en el Colegio de la Unión del Sud fundado por Juan Martín de Pueyrredón un año antes, y que con Bernardino Rivadavia pasó a tener el nombre de Colegio de Ciencias Morales. Los esfuerzos y sacrificios de Encarnación, procurando resguardar a sus hijos y ofrecerles las mejores posibilidades para su desarrollo espiritual e intelectual, fueron siempre reconocidos por ellos. Florencio, que veneraba a su madre de la que casi nunca se separó durante su vida, escribía en 1844: “Hoy es el día de la madre; de mi madre que es para mi objeto de culto sobre la tierra. Cada uno cree que no hay madre mejor que la suya. Yo en realidad, estoy cierto que no es posible una mejor que la que el Cielo me ha dado”.
En 1824, a los 17 años de edad, comenzó a cursar sus estudios universitarios. Para ese entonces, ya se caracterizaba por su forma de ser amena, agradable, imbuida por un sano sentido del humor que cultivó durante toda su vida.
En su juventud, bajo la influencia de los neoclásicos del siglo XVIII, y sin desdeñar la corriente romanticista aunque sin enro1arse en el romanticismo, Vare1a compuso infinidad de poemas. Muchos de ellos fueron publicados en los periódicos que dirigiera su hermano Juan Cruz, y algunos, merecieron la comp1ementación musical de Juan Pedro Esnao1a, pese a que el oído musical de Florencio nunca estuvo a la altura de su prosa.
En 1827 se graduó de doctor en la Facultad Mayor de Jurisprudencia, habiendo sido públicamente reconocida su precoz y asombrosa capacidad intelectual y su creatividad.
Su interés por aprender, por disfrutar de la vida juvenil, por embellecer su vida interior con la poesía y lectura de los clásicos, fue acompañada por el interés que le despertaba la cosa pública debido a la actividad intensa desplegada en ese ámbito por su hermano Juan Cruz. Ese interés por la cosa pública, estuvo imbuido por una sugestiva y poco frecuente sensibilidad social.
Esa sensibilidad, la puso de manifiesto en su tesis doctoral, criticando severamente el sistema carcelario imperante. Crítica que conserva plena vigencia en nuestros días. Decía Varela que “los inconvenientes que resultan de que en nuestras cárceles estén confinados los criminales convencidos con los que se están juzgando, son tan palpables que creo innecesario detenerme a manifestarlo; concluiré pues, repitiendo que estos abusos exigen una pronta reforma. Es imposible que un pueblo sea libre cuando los primeros derechos de los ciudadanos están expuestos a ser violados por las leyes que deben defenderlos”.
En su tesis, calificó a la pena de muerte como un asesinato legal. Era adversario del derramamiento de sangre, en especial cuando obedecía a razones políticas, y si bien aceptó que las revoluciones son un derecho para ejercer la resistencia a la opresión, siempre consideró que el asesinato era un crimen. La firmeza de esta concepción, probablemente perturbó su conciencia cuando, dos años después, se produjo la ejecución de Manuel Dorrego instigada, entre otros, por su hermano Juan Cruz y Salvador María del Carril. Crimen que fue reprobado por Rivadavia, Araoz de La Madrid y muchos militantes unitarios. Hasta el propio autor de la ejecución, el general Juan Lavalle, se arrepintió muy pronto de su desvarío.
Es probable que, en su fuero íntimo, Varela desaprobara ese crimen, aunque ello en modo alguno justificaba que se empañara la admiración y el entrañable cariño que tenia por su hermano Juan Cruz quien, durante la adolescencia de aquél, asumió el rol de su padre.
Es notorio que, el pensamiento político juvenil de Florencio Varela estuvo determinado por la influencia de su hermano Juan Cruz. Ese hermano y padre fue el modelo que tuvo Florencio al adherirse a la gestión gubernamental de Rivadavia. Pero, a diferencia de Juan Cruz, no tuvo actuación directa en la política agonal ni ocupó cargos gubernamentales. Fue así que, tras la renuncia de Rivadavia a la presidencia de la Nación en 1827, no participó en las conspiraciones de los unitarios, ni en la revolución del 1 de diciembre de 1827 y, menos aun, en el apoyo que algunos brindaron al fusilamiento de Dorrego sin juicio previo.
Pero, esas eventuales diferencias políticas, en modo alguno enturbiaron su relación con Juan Cruz.
En agosto de 1828, tenía 22 años de edad y un porvenir brillante como periodista y abogado. Porvenir que no tuvo reparos en sacrificar otorgando preferencia a sus ideas y la solidaridad familiar. Así, al abdicar el general Lavalle, y pese a que no existían impedimentos para que Varela permaneciera en Buenos Aires, decidió seguir la suerte de sus hermanos emigrando a Montevideo, siempre en compañía de su madre. La solidez de la unión fami1iar, permitió a los Varela sobrellevar las penurias que padecieron, y en el caso de Florencio, a paliar la tristeza que le produjo el hecho de tener que alejarse del gran amor de su vida: Justa Cané.
En octubre de 1829, regresó a Buenos Aires bajo el gobierno de Viamonte. Aspiraba a ejercer la profesión de abogado y forjar las bases que le permitieran concretar los planes que había ideado con Justa Cané. Sin embargo, al arribar al puerto de Buenos Aires, no se le permitió desembarcar debido a la orden de destierro que había sido dictada contra él y sus hermanos. Debió regresar a Montevideo con el amargo sabor del destierro y con la frustración de sus legítimos proyectos de vida. Para un joven de 22 años de edad, era un golpe muy duro y difícil de asimilar sin perder la compostura. Pero Varela era un hombre valiente y pudo superar esa amargura como muchas otras que se le presentaron en su vida. Golpeado desde la juventud por la desgracia en su familia, perseguido político sin haber actuado en política, expatriado y siempre con escasos recursos materiales, nunca dejó de honrar su palabra ni una línea recta de conducta. Varios años después, en el diario “Comercio del Plata”, escribió: “La experiencia de una vida que ya no es corta, ha grabado entre las duras y variadas lecciones que nos deja, la de que los hombres de opiniones extremas, que abdican el juicio en manos de la pasión, son los enemigos más eficaces de su propia causa, los agentes más fieles del enemigo. Nos esforzamos por eso y cuanto nos es posible, por ser moderados, justos y tolerantes, aun para con nuestros enemigos políticos más acerbos”.
Transcurridos dos años desde que se le prohibió el regreso a Buenos Aires; durante los cuales mantuvo un intenso intercambio epistolar con Justa Cané, decidió contraer matrimonio con ella por poder. En la ceremonia religiosa lo representó Miguel Antonio Berro. Quince días después, Justa Cané viajó a Montevideo donde fue ratificado el matrimonio que la unió a F1orencio hasta el fin de sus días.
Describiendo su vida matrimonial, el 20 de septiembre de 1843, durante su solitario viaje a Europa, Florencio escribió: “Hoy es un día de fiesta en mi corazón, pero fiesta mezclada de tristeza. Hace doce años empezó mi unión con mi amada Justa, unión que ha continuado estrechándose cada día de un modo más tierno y más firme. Casados por poder, ella en Buenos Aires y yo en Montevideo, el día cinco de este mes en 1831, llegó el 20 a Montevideo y desde entonces contamos, en la ignorada historia de nuestra vida, el principio de nuestra felicidad domestica. Tenía ella poco más de 15 años y yo poco más de 24, pero su buen juicio aventajaba mucho a su edad. Ella ha hecho la felicidad de mi vida; a ella debo los hábitos de domesticidad y contracción que forman mi modo de vivir. Así que este día es siempre de muy grato recuerdo y de fiesta, que todos ignoran, para los dos”.
En Montevideo, Varela revalidó su título de abogado y comenzó a ejercer intensamente el arte de abogar. Colaboraba con él su cuñado, Miguel Cané, que había emigrado en 1834. Ejerció la abogacía por necesidad. Ella no lo desvelaba ni era la meta principal en su vida. Su latente vocación periodística y de escritor, era mucho más intensa que cualquier otra actividad. Pero, ejerció la abogacía con particular apego a la ética profesional. Jamás tuvo conflictos con sus clientes. Jamás les demandó el pago de los honorarios que le adeudaban porque confiaba que ellos, cuando pudieran, iban a honrar sus promesas. Se dedicó preferentemente a los temas de derecho público y derecho comercial. Su clientela aumentaba progresivamente debido a su buen nombre y prestigio. Particularmente, entre los comerciantes extranjeros, debido a que hablaba correctamente el italiano y el francés, lenguas que había aprendido en Buenos Aires, así como también el portugués y el inglés, a cuyo conocimiento accedió en Montevideo.
La abogacía le permitió a Varela cubrir las necesidades de su familia, pero su vida en Montevideo estuvo plagada de sinsabores a los cuales se añadía el dolor de no poder regresar a su patria. En 1838 fue detenido con su hermano Juan Cruz por orden de Manuel Oribe, desprovista de todo motivo. Recuperó su libertad a los pocos días pero, meses después, fue objeto nuevamente de la persecución forjada por la intolerancia política de un dictador. Oribe dispuso su detención, a igual que la de sus hermanos y cuñados, aunque pudo eludirla ocultándose en una quinta cercana a la ciudad. Regresó a Montevideo el 26 de octubre de 1838 tras la derrota sufrida por Oribe ante las fuerzas del general Rivera.
La desgracia en la vida de Varela se reinstaló, profundamente, en 1840. Un mes después que una enfermedad le arrebató a su hija Justa, tuvo conocimiento que su hermano Rufino había sido asesinado, tras haber abandonado Montevideo para alistarse en las tropas comandadas por el general Lavalle. En sus memorias, Varela escribió: “28 de noviembre de 1840. Este día perdió el Ejército Libertador, que mandaba el general Lavalle, una decisiva batalla en el Quebrachito. En ella perdí a mi hermano Rufino, joven de 25 años, a quien yo había formado y que ofrecía grandes esperanzas. Era abogado y quiso seguir al ejército como soldado de infantería. Su conducta se hizo notable entre sus compañeros: desplegó valor y serenidad no comunes. Concluída la batalla, Lavalle le comisionó para acompañar por seguridad al campo de Oribe, enemigo vencedor, al general Garzón y otros oficiales orientales que tenía Lavalle prisioneros y que quiso devolver a Oribe. Rufino los condujo salvos a su destino; luego que los dejó, se volvía, y en ese acto lo asesinó alevosamente un teniente Martinez, en presencia de los mismos a quienes acababa de salvar”.
La capacidad de Varela para sobreponerse a la adversidad, también se puso de manifiesto dos años después. Por consejo de sus médicos, a mediados de 1841 se trasladó a Río de Janeiro con su esposa, su madre y cinco de sus seis hijos. El clima cálido y su vigor físico facilitaron el restablecimiento de su salud. Decidió regresar a Montevideo en la fragata francesa “Irma” que, en noviembre de 1842 naufragó en las proximidades de la isla de Flores. Merced al orden que imperó en el salvataje, y pese a la intensa tormenta que se había desatado, todos los pasajeros y tripulantes, con la excepción de un mozo de cámara, salvaron sus vidas. Pero, en el naufragio, perdió todos sus apuntes, libros, correspondencia, borradores de su labor intelectual y hasta todo su dinero y las alhajas de su esposa. En sus memorias relata que “alguna de las personas que vinieron a auxiliarnos, me robó una cajita en que salvé todas las alhajas de mi mujer y todo el dinero que traía a bordo”.
Sus contemporáneos, con razón, decían que la adversidad había fortalecido el carácter de Varela. Lo presentaban como un hombre modesto que jamás publicó en su diario los elogios que recibía. Era una persona de gustos refinados, sumamente metódico y ordenado, con un elevado grado de autodisciplina que no imponía a sus dependientes. Era reservado e impenetrable, con un particular dominio sobre su persona que impedía conocer sus impresiones personales. Guardaba celosamente los secretos que se le transmitían y sentía cierto desprecio por aquellos que se inmiscuían en la vida privada de los demás. Era festivo en su trato y la alegría de su buen humor se proyectaba fácilmente sobre sus interlocutores. En su conjunto, reflejaba inteligencia y sensibilidad. Era paciente y buen conversador. Sus movimientos al hablar, su palabra persuasiva, la convicción y serenidad para emitir sus ideas, cautivaban a sus oyentes. Rodriguez Villar recuerda que hablaba y dejaba hablar, esforzándose por ser atento con todos, particularmente con los extranjeros. Consideraba un deber atenderlos correctamente por esa simpatía natural que se establece entre quienes padecen la misma desgracia: la de vivir fuera de su patria. Por otra parte, esa comunicación con los extranjeros, le permitía complementar sus conocimientos sobre lo que ocurría en el mundo.
Sistematizando su personalidad, Rodríguez Villar escribe: “Era realmente imposible acercarse a este hombre, siempre afable, sin amarle. Ameno en su trato, prudente en sus consejos, civil con todo el mundo, nadie se separó de su lado sin estimarle. Si su asesino hubiese hablado diez minutos con él, no habría tenido valor para herirle. Si le hubiese tratado un día, no podría haber sido su enemigo”.
Podemos citar tres características adicionales para comprender su personalidad.
La primera, su fe en la juventud. Estaba convencido que las futuras generaciones harían por el país lo que no pudo hacer la suya.
La segunda, su permanente entusiasmo. Varela decía que “el entusiasmo es el genio de la sinceridad, y sin él la verdad no puede obtener ningún triunfo”, agregando que “no puede haber entusiasmo sino por lo bello o por la virtud. La pasión por el vicio es irritación del espíritu, no es entusiasmo; es el estimulo de la embriaguez no de la sed”.
La tercera, su optimismo. Rechazaba el fatalismo al cual se acude para justificar los fracasos que nos depara la vida. Escribía: “Ocurren con mucha frecuencia algunos acontecimientos que se llaman accidentes y se les mira como efectos de la suerte. Palabra que, de paso, está en uso constante y por lo general no tiene significación precisa. Muchos se fían de la suerte, palabra que para mí es vacía de sentido, nada significa”.
Esa personalidad, esa forma de ser de Varela, mereció la estima de sus contemporáneos. Adolfo Thiers, proclamaba en 1850 ante el parlamento de Francia: “El señor Varela es uno de los hombres más distinguidos que es posible encontrar en cualquier parte del mundo”. Sarmiento, decía que era la naturaleza más culta, el alma mas depurada de todos los resabios americanos, el europeo aclimatado en el Plata. José María Ramos Mejía escribió que “Florencio Varela fue el político mas genial y práctico que ha tenido Sud América”, no en el sentido de la política agonal sino arquitectónica.
Una de las consecuencias más relevantes de la vida de Varela, fue su aporte invalorable para el desarrollo de la prensa moderna e independiente en el Río de la Plata, mediante la fundación en Montevideo del diario “Comercial del Plata”, en 1845.
Para conocer las ideas que inspiraron sus contenidos y la línea editorial, resulta indispensable aproximarnos al pensamiento político de su autor. Tarea, por cierto compleja, porque resulta imposible encasillarlo en alguna de las categorías que se manifestaron durante la primera mitad del siglo XIX. Coincidía y disentía con algunos aspectos de todas ellas. Pero jamás aceptó aquellas concepciones que propiciaban el despotismo, aunque fuera ilustrado; la monarquía que colisionaba abiertamente con su espíritu republicano; y, a igual que Juan María Gutierrez, abominaba el legado político español.
Esta última particularidad, se había arraigado con motivo de las crueldades perpetradas por las tropas realistas contra los prisioneros del Ejército Nacional que operaba en el norte del país y la población civil. Ellas fueron puntualmente descriptas por el prestigioso historiador Isidoro Ruiz Moreno, en su reciente libro “Campañas Militares Argentinas”. Basta recordar algunas frases contenidas en el Manifiesto del Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas de Sud América del 25 de octubre de 1817 para comprender la aversión hacia España. Entre los motivos que impulsaron la declaración de independencia, se citaba “nuestro sufrimiento con la opresión y sevicia de los españoles” y el “abismo espantoso, que España habría a nuestros pies, y en que iban a precipitarse estas Provincias, si no se hubiera interpuesto el muro de su emancipación”. Añadía, “Ellos no sólo han sido crueles, e implacables en matar; se han despojado de toda moralidad y decencia pública, haciendo azotar en las plazas religiosos ancianos, mujeres amarradas a un cañón, habiéndolas primero desnudado con furor escandaloso y puesto a la vergüenza sus carnes. Ellos establecieron un sistema inquisitorial para todos estos castigos; han arrebatado vecinos sosegados, llevándolos a la otra parte de los mares, para ser juzgados por delitos supuestos; y han conducido al suplicio, sin proceso, a una gran multitud de ciudadanos”. Los crímenes aberrantes perpetrados por Pezuela y Goyeneche, el fusilamiento indiscriminado de los prisioneros, las vejaciones a que fue sometida la población, el significativo contraste con el acatamiento a las reglas éticas de la guerra por parte del Ejército Nacional del Norte, llevaban a la conclusión que “La posteridad se asombrará de la ferocidad, con que se han encarnizado contra nosotros unos hombres interesados en la conservación de las Américas”.
Varela no tenía ambiciones políticas personales, cuya legitimidad no cuestionaba. Deseaba intensamente regresar al país. No para integrar un elenco gubernamental o sumarse a los designios del gobernante de turno, a diferencia de otras personalidades que descollaron en el periodismo durante el exilio. Su meta, tal como él lo expresó, era la de vivir modestamente y con libertad en la tierra que amaba; instalar una imprenta para difundir sus ideas, instruir a los ciudadanos y cubrir sus necesidades materiales; y concretar su proyecto favorito de escribir una historia de la revolución sudamericana.
El pensamiento público de Varela comenzó a forjarse bajo el amparo de la generación de Rivadavia. Generación que respondía, ideológicamente, al iluminismo; en literatura, oscilaba entre el clasicismo y los neoclásicos; en política, al originario ideal unitario de Mayo. Por otra parte, durante su forzoso y largo exilio, convivió con los unitarios que emigraron en 1829; con los liberales de 1833; los federales lomos negros de 1835; y con los románticos de 1838 que, en sucesivas oleadas, emigraron a Montevideo.
Guardaba particular respeto por Rivadavia. Quizás, como muestra consecuente de su lealtad hacia su hermano Juan Cruz y al propio don Bernardino. Pero no se enroló en el bando unitario, y ya radicado en Montevideo, consideró que la esencia del unitarismo había sido superada por el dinamismo político. No compartía los ideales unitarios de 1826, ni el sentimiento nostálgico y conservador que abordó a los partidarios de Rivadavia después de 1827.
A diferencia de su amigo José Marmol, no lo sedujo el floreciente romanticismo. Por razones circunstanciales, ya que ya hacía ocho años que había sido excluido de Buenos Aires, no integró la lista de los jóvenes del salón literario de 1837. Jóvenes entre los cuales se encontraban Echeverría y Alberdi. El idealismo de ellos los expuso a la ira de los rosistas sin conseguir la adhesión de los unitarios melancólicos. Por el contrario, recibieron de estos últimos las críticas más acerbas por considerarlos adictos al régimen de Rosas.
Varela, por aquella razón circunstancial, no integró el grupo de jóvenes cuyo patriotismo y nobleza forjó la llamada generación de 1837. Tuvo diferencias importantes con ellos, particularmente con Echeverría y Alberdi. Los criticaba por su ingenuidad romántica. Decía que Alberdi se apresuraba en escribir y publicar antes de estudiar. Pero rescataba, aunque parcialmente, los esfuerzos intelectuales de Echeverría y de su amigo Juan María Gutierrez.
Pero eran diferencias sobre el método para concretar la organización nacional, y no sobre su contenido ensamblado con la libertad política, económica y social. A diferencia de aquellos, entendía que todo debate sobre la organización del país y su programa para edificar el futuro, en el cual participarían todas las tendencias y facciones políticas, incluyendo a los federalistas de Rosas, era una tarea inútil si antes no se erradicaba el régimen autocrático que imperaba en Buenos Aires, y cuyas secuelas se proyectaban sobre el caudillismo del interior del país.
Pese a ser un hombre tolerante, no podía ocultar el desprecio que le merecía Rosas, sobre quien dijo que era “un caudillo salido de una estancia a quien los paisanos de la campaña elevaron al poder”. Desprecio fruto de los sinsabores de la adversidad y que perturbaba comprensiblemente la racionalidad de su juicio. Es que Varela no se detuvo lo suficiente para analizar las causas del fracaso de los intentos por forjar la unidad nacional a partir de 1810; las razones determinantes del comportamiento de Artigas y sus lugartenientes Ramirez y López; los factores desencadenantes de la anarquía que podían desembocar en el colapso definitivo de la organización nacional; el por qué los hechos políticos condujeron a la inevitable manifestación del orden de la tiranía rosista; si ello fue obra de la providencia o de la ineptitud de los gobernantes que la precedieron.
Su visión era, comprensiblemente, parcial. Pero no su análisis de la realidad. En 1848 escribía sobre Rosas: “¿Cuál ha sido la obra, la institución, el establecimiento público que ha fundado? ¿Qué adelantos le debe el país? Ninguno; todo lo que hasta ahora ha producido Rosas y su sistema de guerra civil permanente, siempre estéril y sin gloria; y dos o tres rompimientos con el extranjero, sin objeto nacional, sin necesidad alguna que los haya justificado. Esas guerras y sus ruinosas consecuencias, he ahí todo lo que los pueblos argentinos deben, al cabo de 18 años, a la dominación de Rosas”, y añadía: “En nuestro modo de concebir el amor a la patria, de buscar su prosperidad y su lustre, no entran los elementos cordobés, entrerriano o porteño; entra sólo la idea colectiva de argentinos; y consideramos tan obligado al que nació en Buenos Aires a promover la prosperidad de Tucumán como al que ve ocultarse el sol tras los Andes a trabajar por el bien de los que abrevan sus ganados en las aguas del Paraná. Ese es nuestro credo en la gran cuestión de la organización social, económica y política de nuestra patria”.
A igual que Alberdi, expresaba una idea de solidaridad y unión nacional que lo aproximaba al Dogma Socialista de Echeverría. De una solidaridad plasmada en una comunidad nacional que imponía la institucionalización del país, para lo cual correspondía definir la forma de gobierno y el vínculo de unión entre las provincias, o sea la forma de Estado.
No propiciaba el unitarismo. Quizás, lo único que compartía con los unitarios era su actitud racionalista. No se oponía al federalismo sí, por su intermedio, se concretaba una administración progresista y una conducción política basada sobre la tolerancia; la sustitución del enemigo por el adversario; la erradicación del odio y la venganza. Comparando las gestiones gubernamentales de Rosas y Urquiza, escribió en 1846: “Rosas continúa predicando el exterminio de una parte de la sociedad que llama unitarios. Urquiza prohibe que una mitad de los argentinos persiga e insulte a la otra mitad y quiere que todos vivan como un mismo pueblo. Rosas grita que los extranjeros quieren conquistar el país. Urquiza hace que los pueblos vean lo que pasa en Entre Ríos y Corrientes donde el extranjero no piensa en hacerles mal y que, al contrario, busca su amistad y su comercio. Rosas dice a los pueblos que todos se armen y dejen sus ocupaciones para hacer ejercicios militares; que abandonen la casa y la familia para vivir en el campamento o peleando en tierras extrañas. Urquiza licencia su ejército, quiere que los hombres trabajen, que atiendan a la familia y a la casa y olviden los hábitos del campamento por los de la industria”.
El pensamiento de Varela se aproximaba sustancialmente al ideal del liberalismo. No solamente en lo político y económico, sino también en lo social. El reconocimiento y plena vigencia de los derechos, la libertad, la convivencia armónica, la tolerancia, el pluralismo, el respeto por los derechos ajenos, y el deber que tiene la sociedad de aliviar la miseria y desgracia de los ciudadanos, proporcionándole los medios de prosperar e instruirse, fueron conceptos que presidieron su pensamiento y acción.
Para Varela, la prosperidad de un país rico y despoblado, dependía del comercio con el extranjero, de la importación de capitales inexistentes en el seno local, de las ideas, de la industria y de los hombres. Pensamiento similar al que inspiró al artículo 20 de la Constitución Nacional, y por cierto, compartido por Alberdi y Sarmiento. Era decidido partidario de romper los esquemas españoles tradicionales, fomentando la libertad de comercio y navegación para el desarrollo de los pueblos del interior; de la inmigración europea tal como se concretó con posterioridad; de los capitales extranjeros para impulsar la industria; de una economía próspera que permitiera al pueblo colmar holgadamente sus necesidades.
Para describir su visión social, tomaba como modelo a Europa y no a los Estados Unidos de América. Particularmente a Francia. Escribía que treinta años de paz, habían permitido en Europa que los pueblos aplicaran todas sus facultades a mejorar su condición social, a difundir la educación civil, religiosa, literaria y científica; a adelantar la de los artesanos y trabajadores; a fomentar el desarrollo de esa prodigiosa fuente de bienestar que es la producción.
Su visión se concentraba en el presente para forjar un futuro promisorio. Para el logro de su objetivo, no acudió a las armas sino a la pluma, con un estilo humanista muy diferente al de sus adversarios y al que imperaba en la prensa bonaerense y de la Banda Oriental a ese momento. Al cumplirse el centenario del nacimiento de Varela, la página editorial de La Nación, del 23 de febrero de 1907, decía con referencia al “Comercial del Plata”: “En aquella hoja se enseñaba con el ejemplo. No hay para qué hacer la historia de los dos últimos años del publicista: señalan el período de mayor pureza de fondo y de forma de la prensa de nuestra república”.
Varela fue empresario periodístico, periodista y operario gráfico, que sembraba ideas para cosechar pensamientos sin los cuales no puede existir una convivencia democrática.
Al margen de sus primeras experiencias juveniles, su relación con la prensa se concretó en Montevideo mediante diversas publicaciones, particularmente en “El Iniciador”, dirigido por Miguel Cané y Andrés Lamas, en cuyas páginas también escribieron Bartolomé Mitre, Félix Frías y Carlos Tejedor, entre otros.
Su obra inolvidable fue el diario “Comercial del Plata”, que apareció el 1 de octubre de 1845. La dirección estuvo a cargo de Varela, y tras su muerte, la ejerció Valentín Alsina hasta 1851. Reapareció, aunque por un lapso breve, en 1859 en Buenos Aires, siendo sus redactores Mitre, Cané y Avellaneda.
Galván Moreno destacaba que fue la publicación más notable de su época, que se distinguía “por su alto y sereno programa de política y por la cultura del estilo que empleaban sus redactores”. Añadía que “A la fuerza de la violencia, respondía con la tolerancia y el razonamiento; a la agresión de las palabras, con la cultura y con la idea”.
La imprenta, que funcionó en el domicilio de Varela, la adquirió con su cuñado Juan Madero. Ellos, con la colaboración de Toribio y Jacobo, hermanos de Varela, de Miguel Cané, Luis Dominguez y algunos pocos operarios dieron nacimiento al diario de mayor tiraje en Montevideo, cuyo número de ejemplares oscilaba entre los 400 y 450.
Fue un diario serio y responsable, de opinión e información porque, para Varela, la función del periodismo es la de ilustrar, mostrar lo que no se conoce. Con tales características, se distinguía de la prensa de su época: de opinión, y además de opinión intolerante.
En carta a Félix Frías, Varela escribía: “Procuramos que nuestro diario sea lo más útil y lo más serio que pueda hacerse y necesitamos por consiguiente relacionarnos en todas partes del mundo”. Reconociendo esa característica, Sarmiento escribió que Varela, “por respeto a sí mismo, ha querido ponerse un freno para no ceder a la tentación a que sucumbió Rivera Indarte de volver injuria por injuria, en aquella lucha en que contra el razonamiento y los principios arrojan las pasiones groseras y la violencia”.
La diagramación del diario era moderna, de avanzada. La tipografía era clara, el armado muy prolijo y la impresión no presentaba desregularidades. Todo esto era inusual para los diarios rioplatenses de la época. Refiriéndose a estos aspectos, aunque haciendo hincapié en sus contenidos, Luis Dominguez decía que el “Comercial del Plata” era el trabajo más serio que había dejado Varela. No sólo porque había efectuado una reforma técnica completa del periodismo, en cuanto a la impresión, sino también por su tono moderado y las tendencias progresistas incorporadas al diario.
El “Comercial del Plata” estaba impreso en ejemplares de cuatro páginas y a cuatro columnas. Básicamente, constaba de cuatro partes. Una, editorial y de noticias. La segunda cultural. La tercera referente a las noticias económicas. La cuarta agrupaba los avisos que, con las suscripciones, era la fuente de ingresos de la pequeña empresa periodística. Con frecuencia, en la cuarta parte, se reproducían las cartas de lectores recibidas por Varela bajo el nombre de correspondencia.
Al margen de la columna editorial, expuesta en su primera plana, se publicaba una sección titulada “revista extranjera”. Su objeto, como decía Varela, era el de “tener a nuestros lectores al corriente del movimiento político, mercantil e intelectual de todo el mundo civilizado es una de las primeras condiciones de nuestro plan; con ese fin hemos establecido relaciones con Europa y América que nos procurarán con regularidad los diarios y publicaciones de más importancia”. Fue el primer diario rioplatense que, además, organizó un servicio complementario de corresponsales regulares en Inglaterra, Francia y los países sudamericanos vecinos. A ellos, se añadió un corresponsal secreto en Buenos Aires, cuyo prestigio se acrecentó sensiblemente debido a la veracidad de la información que aportaba. Con tal información se elaboraba la primera parte del diario en la cual, además, se reproducían las informaciones consignadas en los periódicos extranjeros y las noticias de interés que reflejaban hechos producidos en la Banda Oriental.
La sección cultural contenía los comentarios y críticas que habían merecido, en la prensa extranjera, las obras literarias que se reproducían de manera fraccionada y diaria. En el primero de los números se comenzó a publicar la obra de Washington Irving, titulada “Vasco Nuñez de Balboa, descubridor del Océano Pacífico”, que fue traducida del inglés por Varela. En total se publicaron 41 obras, entre las cuales cabe citar a “Revolución Helvética” de Alejandro Dumas, “Hipólito y Diana” del mismo autor, “El Visionario” de Schiller, “Worms-Manheim” de Victor Hugo, “Los moros en tiempo de Felipe III” de Eugenio Scribe y “Consideraciones sobre la situación y porvenir de la literatura hispanoamericana” de Alcalá Galiano. Pero además, las publicaciones se diagramaban de manera tal que, el lector, podía recortar y encuadernar en forma de libro ese suplemento literario. Tales obras integraron la célebre Biblioteca del “Comercial del Plata”.
En esta sección, Varela pudo satisfacer su interés por la formación humanística, abriendo las páginas del diario a los escritores jóvenes. Escribía: “Conocer la literatura de un pueblo en una época es conocer su estado de civilización en esa época. Entre nosotros, casi toda la literatura destinada a vivir más allá del día, está limitada a la poesía; en ella está nuestra historia, en ella nuestras costumbres, en ella nuestras creencias, ideas y esperanzas”. Fue así que, en esta sección, se publicaron obras literarias de José Marmol, Andrés Bello, Esteban Echeverría, Juan María Gutierrez e Hilario Ascasubi, entre otros.
Por otra parte, y para probar la incultura de sus adversarios políticos, no tuvo reparos en publicar poesías difundidas en Buenos Aires por la prensa rosista impregnadas de odio, resentimiento, amenazas y, en definitiva, desprovistas de todo valor cultural. Es que quería informar a sus lectores sobre cuál era el grado de la cultura pública imperante en Buenos Aires, a fin de que sacaran sus propias conclusiones.
Cabe destacar que, al margen de la labor periodística personal de Varela, en esa sección Luis Dominguez tuvo una activa participación como traductor y colaborador literario.
La sección económica estaba a cargo, generalmente, de Juan Madero. Brindaba información sobre la cotización del oro en los mercados de Londres y París, las cotizaciones que tenían en el exterior los productos del país, los despachos de aduana, el movimiento marítimo e, inclusive, la información meteorológica.
Para preservar la seriedad y credibilidad de su diario, Varela se esmeraba por documentar las críticas que se publicaban, exigiendo que los hechos fueran debidamente avalados por material probatorio o por fuentes fidedignas de información. No bastaba con emitir una opinión o un hecho. Había que ofrecer, o tener a disposición, su fundamento. Práctica, por cierto, extraña en la prensa rioplatense de esa época.
El espíritu progresista que animaba a Varela determinó que, con frecuencia, se publicaran de manera detallada las novedades en materia de innovaciones científicas. Una de ellas fue, según Virginia Boullosa y Mélide Cantarelli, el descubrimiento del vapor de éter para su uso en las intervenciones quirúrgicas, y luego del cloroformo. Varela escribía, con sano orgullo: “Tuvimos la fortuna de ser los primeros en anunciar en el Río de la Plata la aplicación del vapor etéreo a las operaciones dolorosas de la cirugía. Hoy tenemos la de publicar un descubrimiento nuevo, y que aventaja considerablemente al primero. Llamamos la atención de nuestros cirujanos a ese descubrimiento del señor Simpson, y a las experiencias que de él se han hecho”.
También mereció su elogio el algodón de pólvora que, en 1847, obtuvo en Montevideo el farmacéutico uruguayo Manuel Méndez, de manera casi simultánea que sus colegas de Europa y Estados Unidos.
Otro invento que despertó su entusiasmo, fue la impulsión por medio del vapor, y las infructuosas tentativas de reemplazarlo, como fuerza motriz, por el aire comprimido.
También describió con innumerables detalles, el desarrollo del ferrocarril como medio de transporte, los proyectos teóricos de navegación aérea y el telégrafo eléctrico cuyo uso se estaba expandiendo en los Estados Unidos.
No escapó a su atención el daguerrotipo y el gabinete óptico, como antecedentes del cinematógrafo, describiendo las proyecciones que podían tener semejantes novedades.
Era muy llamativa la preocupación de Varela por informar a sus lectores sobre las novedades científicas y técnicas.
La prédica del diario de Varela, irritaba a los intolerantes de ambas orillas del Plata. Personas allegadas a Oribe se habían comprometido a destruir la imprenta y matar a su vocero. En varias oportunidades, el propio Varela, recibió también avisos de sus amigos residentes en Buenos Aires para que se cuidara, porque era un secreto a voces que se proyectaba su asesinato.
Tales advertencias, no modificaron el comportamiento privado y público de Varela. Estaba dispuesto a asumir las consecuencias que le pudiera deparar pensar y difundir su pensamiento.
El 7 de marzo de 1848, se produjo un hecho que tuvo amplia repercusión en Montevideo. En el campamento de Oribe, fue fusilado un muñeco que representaba a Varela. El periodista no se inmutó. Con cierta cuota de ironía, escribió en su diario el 10 de marzo: “Con un sentimiento fácil de comprender, pero sin dolor alguno, tenemos que anunciar a nuestros lectores nuestra propia muerte, e invitarlos a nuestros funerales, que deben tener lugar en la costa del Miguelete, si es que el señor Presidente de aquellas chacras lo permite. El día 7 del corriente, a la tarde, fuimos solemnemente fusilados en la calle de la Restauración, habiendo aprobado don Manuel Oribe la sentencia, según hemos tenido noticia cierta. Nuestros lectores tendrán de hoy en adelante que prestar mayor fe a cuanto les digamos, pues nuestra voz vendrá del otro mundo, y la voz del otro mundo es siempre la voz de la verdad”.
Diez días después, el 20 de marzo de 1848, fue muerto Florencio Varela. Así lo narra Luis Dominguez: “El señor Florencio Varela vivía en la calle Misiones número 90. El día 20 de marzo al anochecer, concluido el trabajo del diario, que debía salir al día siguiente, el señor Varela salió a hacer una visita. Su señora había salido también. Al volver la señora a casa vió en la acera de enfrente un hombre que le pareció sospechoso, nada más que por presentimiento. Entró a prevenir de esto a su marido, pero aún no había vuelto. Apenas subió se acercó a los postigos del balcón para observar a aquel hombre que la tenía inquieta. La luz de la habitación en que estaba, le impidió distinguir nada en lo exterior. Varela regresó de su visita muy contento. Halló en su escritorio algunos amigos, y sin necesidad alguna, tal vez por el sólo deseo de hacer un servicio, tal vez porque así lo quería esa suerte en quien él no creía, volvió a salir, diciendo a sus amigos que volvería en el acto. Salió acompañado de un amigo. En esos momentos uno de sus hermanos se ausentó también de la casa por diez minutos. Bajó la calle hacia el muelle, y regresó por el lado opuesto. En su tránsito por toda la cuadra, nada vió que le llamase la atención. Sólo recuerda que la calle estaba muy sola, tal vez porque la gente había afluido a la del 25 de Mayo, por donde a la sazón pasaba un batallón que marchaba a embarcarse. Al entrar en casa, salían dos de los operarios de la imprenta, y éstos cerraron la puerta, que aquél halló abierta al entrar. Entretanto Varela volvía a su casa por la calle 25 de Mayo. Cerca de la Sala de Residentes, habló un momento con un jefe de marina extranjero. En la cuadra siguiente se detuvo otro instante con el señor Ministro de Hacienda. Enseguida continuó solo. Tres minutos, a lo más, haría que el hermano de que se ha hecho mención, había entrado al escritorio que da a la calle, cuando las cuatro personas que estaban en él, oyeron tres golpes a la puerta. E inmediatamente que el último golpe había sonado, llegó a sus oídos un corto ruido de pasos precipitados y dos ayes lastimeros de agonía, en los que uno de los presentes, reconoció en el acto la voz del infortunado Varela. Corrieron a abrir. Nadie estaba en la puerta, pero algo se veía en la acera de enfrente. Allí fueron y encontraron el cadáver de Varela bañado en su propia sangre”. José Mármol agregaba: “Varela, al recibir el golpe mortal, con el último esfuerzo, y con el último relámpago de vida que iluminó su inteligencia, o quiso seguir el rastro de su asesino, o quiso ir a pedir auxilio a una casa vecina para evitar la sorpresa de su familia. Pues sólo aceptando alguna de estas dos suposiciones, se puede explicar las 15 varas que se alejó de la puerta de su casa, marcando una diagonal hacia la acera de enfrente, y yendo a caer precisamente a la puerta de la zapatería de Charbonier que tiene el número 91 en la calle de Misiones. La calle Misiones es una de las más transitadas en la ciudad de Montevideo. Sin embargo, en esa calle, a esas horas, bajo esa semiluz de la luna, y a sesenta varas de la calle de las tiendas, que en ese momento estaba concurrida por centenares de personas, por una fatalidad desgraciada y que no se repetirá por muchos años, el asesino pudo encontrarse solo, completamente solo con la víctima. Pudo seguirla, pudo llegar hasta ella, pudo atravesarle el pecho de una puñalada por la espalda, y desaparecer sin ser visto por nadie. En los brazos de su hermano político exhaló el último suspiro, y un minuto después, aquel cuerpo inanimado que pocos momentos antes contenía la vida en lo más robusto de la juventud; en quien la actividad del espíritu y la labor de la inteligencia eran las fuentes copiosísimas de la savia de su existencia, quedó tendido en el suelo de una zapatería, y cubierto con la cortina de lona de una puerta”.
En el veredicto dictado en la causa penal sustanciada, se expresa que estaba probado que la puñalada fue dada por la espalda cuando Varela llamaba a la puerta de su casa. Que el homicida fue Andrés Cabrera, natural de Canarias, de 38 años de edad y que fue detenido en la cárcel pública por esa causa. Que Cabrera espió y esperó varias veces a Varela para cometer el asesinato. Que Cabrera cometió el asesinato por orden del brigadier general Manuel Oribe, jefe de las fuerzas que, en aquella época, sitiaban la ciudad de Montevideo. La pena de muerte impuesta a Cabrera fue confirmada en la segunda instancia, ordenando la prosecución de la causa contra Oribe y demás personas que aparecían complicadas. No se sabe con certeza cuál fue el destino de Cabrera. En cuanto a Oribe, falleció el 12 de noviembre de 1857, sin haber prestado declaración alguna en el proceso, y a su muerte el gobierno uruguayo le decretó honores.
La muerte de Varela conmovió, en ambos márgenes del Plata, a todos aquellos que aspiraban a erradicar la violencia, la intolerancia, el odio entre hermanos y la concreción de la libertad que merecían los pueblos. Al cumplirse el primer aniversario de su muerte, José Marmol expresó frente a su tumba: “Muerto a la libertad, nació a la historia y es su sepulcro el templo de su gloria”.
El 25 de abril de 1852, los restos de Varela fueron trasladados a Buenos Aires. Al despedir sus restos, Valentín Alsina hizo el elogio de lo que calificó como la inteligencia más brillante y fuerte de su tiempo en el Plata, lamentando no contar con su cooperación en la tarea difícil de la reorganización nacional. En esa oportunidad, José Marmol dijo: “Cumplimos el más santo deber que la libertad y la justicia pueden encomendar a los hombres, porque a nombre de la libertad y la justicia venimos a tributar sobre la tumba de la ilustre víctima, el homenaje debido a su virtud y su martirio”.
Luego, Manuel Augusto Montes de Oca, con la sinceridad y fluidez propias de la juventud, destacó que Varela “Amó la libertad con patriotismo, abrazó la virtud, y de civismo a todo el pueblo iluminó la huella; fue valiente su pluma; alta su gloria, su inspiración sublime y su memoria dignas por cierto de mejor estrella”.
Bartolomé Mitre, que no pudo asistir al acto, remitió una carta que fue leída por Héctor Varela, el hijo mayor de Florencio. Decía: “Hubiera deseado pronunciar algunas palabras al depositar sus restos en la morada del descanso eterno, pero ¿qué oración fúnebre puede igualar a la elocuencia del puñal que le arrancó la vida? El puñal ha trazado, con caracteres sangrientos, la oración fúnebre más sublime que se haya pronunciado jamás en honor de ningún hombre. La fuerza bruta hizo el más completo elogio de la víctima al inmolarla, mostrando así cuánto le temía”.
Al día siguiente, en “Los Debates” y tras narrar el homenaje, un periodista escribió: “Ese puñado de cenizas que ayer ha paseado en triunfo por las calles de Buenos Aires, simboliza la idea de la civilización, de la libertad y de la virtud”.
Cuando, en la primera mitad del siglo XVII, John Milton decía que demandaba, por encima de cualquier otra libertad, la de poder conocer, hablar y debatir sin impedimentos y según su conciencia, expresaba un legítimo anhelo que conforma la esencia de la condición humana. Anhelo que se traduce en la lucha por la libertad y dignidad del ser humano como desafío permanente e inevitable a lo largo de la historia. Algunos lo asumen combatiendo con las armas, acudiendo a la violencia, con su inevitable secuela de sangre y dolor, cuando no también de venganza, odio y rencor. Otros, como Florencio Varela, con la palabra y la pluma que siempre perdurarán inspirando el espíritu de los hombres de prensa dispuestos a sacrificar sus vidas en defensa de aquellos nobles ideales.
GREGORIO BADENI |