Boletines de la Academia

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El periodismo en la Revolución Francesa

Enriqueta Muñiz

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"La libre comunicación de los pensamientos y las opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre; todo ciudadano puede, pues, hablar, escribir, imprimir libremente, con la salvedad de responder por el abuso de esa libertad en los casos determinados por la ley".

El enunciado del artículo XI de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano - uno de los títulos de gloria de la Revolución Francesa, que se conmemora oficialmente el 14 de julio- tuvo un efecto explosivo en una sociedad que hasta 1789 se encontró comprimida entre los privilegios de la nobleza y las aspiraciones de una burguesía en ascenso, potenciada por la revolución industrial que ya había empezado a modificar las reglas del juego en Inglaterra y por las nuevas fórmulas políticas que llegaban desde Norteamérica a través de su Declaración de Independencia.

En aquel tramo final del siglo XVIII, la prensa era el único medio de comunicación masivo, si así puede decirse con referencia a una población calculada en 25 millones de personas que en un 80 por ciento eran analfabetas. Por ello es particularmente llamativo el número de periódicos que se editaban en Francia en los años iniciales de la Revolución, a raíz de la inauguración en mayo de 1789 de los Estados Generales: alrededor de quinientos.

Gracias a la palabra escrita, la gente descubre que personas desconocidas y distantes entre sí tienen ideas afines: una argamasa intangible que apuntala lo que Burke definirá como el "cuarto poder". Entre ese medio millar de periódicos, muchos fueron hojas sueltas de vida efímera, las famosas gazettes que deben su nombre a la primigenia gazzetta veneciana. Pero ya no se trataba de la célebre petite presse o "pequeña prensa" (equivalente a nuestra actual "prensa del corazón") que se consumía en los salones del Antiguo Régimen, ni de emprendimientos culturales como el Mercure Galant, editado por Vizé.

La prensa que florece en los tiempos turbulentos de los primeros debates parlamentarios es una prensa de noticias y opinión política que, además, se preocupa por la celeridad de la comunicación. Títulos que han quedado en la historia son Le Moniteur Universel, publicado por Panckoucke, integrante de una conocida familia de editores, y Le Courrier de l'Europe, que llegó a tener 50.000 abonados. Hombres políticos como Mirabeau o Brissot publicaban sus propios periódicos como un "correo" entre la Asamblea, reunida en Versailles, y el pueblo de París. Hubo periódicos que tomaron la defensa del rey, como el panfleto de Rivarol o L'Ami du Roi, al que daban réplica hojas revolucionarias como L'Ami du Peuple, orientado por Marat.

Ya triunfante la Revolución, se enfrentan los periódicos de los "moderados" y de los "enragés" o "rabiosos", cuyos editorialistas respectivos, Camille Desmoulins y Hébert, irían a parar a la guillotina con pocos meses de diferencia. Vale la pena recordar los títulos de esos periódicos que formaron parte de la historia francesa: Le Vieux Cordelier, que respondía a los dantonistas y el temido Père Duchesne de los hebertistas, al que Michelet llamó "la guillotina de papel".

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