| |
Bernardo Ezequiel Koremblit
Por Antonio Requeni
El 1º de febrero último, un día después de la muerte de Tomás Eloy Martínez, se extinguió a los 93 años de edad la vida de Bernardo Ezequiel Koremblit, otro querido y admirado miembro de número de la .Academia Nacional de Periodismo, a la que había ingresado en 19 J r1" y de la que llegó a ser vicepresidente. Era hasta su fallecimiento el decano del cuerpo académico. También el último sobreviviente de la legendaria redacción de Crítica, el diario fundado por Natalio Botana, al que ingresó cuando contaba 17 años, en 1933.
Su extensa y fecunda trayectoria periodística se prolongó hasta hace poco tiempo como columnista del diario La Prensa. Antes había firmado crónicas y artículos en casi todos los medios de prensa del país y en algunos del exterior. Tuvo a su cargo, además, un recordado ciclo radiofónico con el título “El humor, el honor, el amor”, y participó en programas televisivos junto a su gran amiga Blackie (Paloma Efrón) y Augusto Bonardo.
Los rasgos salientes de su personalidad eran su vasta cultura y su humor ingenioso, amable, alejado del sarcasmo y cualquier otra forma de agresividad. Como sus bien leídos Erasmo y Montaigne, fue un humanista escéptico y tolerante. “El humor -dijo más de una vez- no nos hará felices pero nos consuela de no serlo”.
Caballeresco, atildado (de él se dijo que era “el último dandy”, y a la vez cordial y generoso, supo hacerse querer de todos los que lo conocieron. Su cultura abarcaba no sólo las expresiones más importantes de las letras y las artes universales sino la formación de un equipo de fútbol de los años 30 o las actrices y actores extranjeros que nos visitaron para actuar entre nosotros décadas atrás. En él se conjugaban sabiduría, sensibilidad y comprensión de las debilidades humanas.
Hubo en su vida momentos desdichados (la muerte, en pocos años, de su esposa y sus tres hijos) pero la fortaleza de su carácter lo salvó de la desesperación. Hombre de muchos y queridos amigos, se refugió en ellos y en sus libros para seguir viviendo, hasta sus altos años, con una permanente sonrisa, con ese humor inteligente y sutil que era una forma de su bondad.
Nació en Buenos Aires el 28 de mayo de 19l6 y, al margen de su labor periodística, se desempeñó como bibliotecario y director de actividades culturales de la Sociedad Hebraica Argentina, donde tuvo a su cargo, además, la publicación de la excelente revista literaria Davar, en la que colaboraron desde Borges y Sábato hasta las más jóvenes promesas de la literatura nacional. Fue también director de cultura de la Biblioteca Nacional y realizó en la AMIA, durante varios años, el ciclo “Condenados a la eternidad”, en el que prestigiosos intelectuales abordaban la personalidad de conspicuos personajes de la ciencia, el arte y las letras.
Pero su mayor pasión fue la literatura. Como escritor, publicó Ben Ami, el actor abismal, su primer libro, al qua siguieron Romain Rolland, humanismo, combate y soledad, La torre de marfil y la política (en el que opuso al mentado compromiso social del escritor el compromiso con la literatura), Nicolás Olivari, poeta unicaule, Todas las que ella era (sobre la poeta Alejandra Pizarnik), El humor, una estética del desencanto, Coherencia de la paradoja, Eva o los infortunios del Paraíso y Gerchunoff o el vellocino de la literatura, libro este último editado por la Academia Nacional de Periodismo. Fue vicepresidente y luego presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, entidad que el año pasado le otorgó su Gran Premio de Honor anual.
En 2007 había sido declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires por el Gobierno de la Ciudad. También recibió el Premio Nacional y el Primer Premio Municipal de Literatura, los premios ARGENTORES, Santa Clara de Asís, el de la Fundación Argentina para la Poesía, del Fondo Nacional de las Artes y, en dos oportunidades, el Premio Konex, en 1984 y 1994.
Admirador de Shakespeare, Erasmo, Montaigne, Proust, Baudelaire, Dostojewski, Chesterton y Borges, su libro La torre de marfil y la política fue traducido a varios idiomas. Asimismo, dio innumerables conferencias sobre temas literarios en las que continuamente entreveraba el dato erudito con el retruécano y los juegos de palabras típicos de su inteligencia chispeante.
El presidente de la Academia Nacional de Periodismo, Lauro Laíño, al referirse a Koremblit dijo, entre otros conceptos: “Con él hemos aprendido los periodistas cómo puede brindarse en cada página una lección, en cada columna un vaticinio, y en cada línea una advertencia, siempre con una sonrisa tenue. Como tenues son los pasos del comprador ambulante de fantasías, nómade de sí mismo, amigo de todas las esquinas, con las que
-supongo- dialoga Ezequiel en su andar fecundo por Buenos Aires, ligero en el deslizarse, que lo lleva y lo trae por particularísimos laberintos”.
Bernardo Ezequiel Koremblit, un intelectual que no vivió encerrado en una torre de marfil, amaba la vida y disfrutó de ella, fue feliz e hizo felices a los demás. Las bromas con que aludía a su larga existencia nos habían hecho creer que no moriría nunca. Por eso, el implacable designio que uso fin a su vida nos llena a todos de tristeza.
|